El poder político

Slide1

Por un lado, el poder político se otorga y erige para garantizar los derechos básicos individuales, pero por el otro lado, puede ser utilizado contra aquellos a quienes debía proteger.

Los actores políticos no son los engranajes en una conspiración secreta ideada por un siniestro líder para controlar el mundo. Son personas falibles que negocian posiciones y aprovechan circunstancias particulares. Sin embargo, es innegable la existencia de individuos conspiradores y manipuladores que avanzan sus intereses mediante cuidadosos planes estratégicos. La representación más cruda de tal figura es el senador Frank Underwood, el protagonista de la serie de ficción original de Netflix, Casa de Cartas. El Senador Underwood es distinguido, educado y buen orador, pero sus ansias de poder lo llevan incluso a asesinar a otras personas en sangre fría. Viendo directamente a la cámara, Underwood comparte sus pensamientos íntimos con el televidente. Así, el implicado espectador sabe más que los actores en la trama, y sufre por quienes incluso le atribuyen buenos sentimientos al protagonista. “El camino hacia el poder está pavimentado de hipocresía y víctimas,” opina el susodicho secamente.

Acumular poder le brinda cada vez más herramientas a Underwood. Interponerse entre él y el poder es peligroso. Hasta sus colaboradores están constantemente en la cuerda floja. El senador pasa por encima tanto de quienes vislumbran su verdadera naturaleza, como de gente vulnerable y bondadosa, incapaz de concebir que existan víboras como él. Algunas veces sus métodos son claramente ilegales, pero otras veces se posiciona como defensor del orden público. Sus maquinaciones se enfundan en complejas leyes, pues sus conocimientos de la legislación y de la maquinaria política superan los de la mayoría.

La dura realidad es que en Guatemala también hay operadores políticos como Underwood. Aquí también se disfrazan como asuntos de interés público las riñas personales y las rivalidades ideológicas. Aquí también nos venden un discurso idealista para ocultar o maquillar intereses mezquinos. De vez en cuando leemos una noticia que nos consta es falsa. Conocemos a la persona, la organización o la empresa sobre quien penden serios cargos, desde desfalcos hasta trata de personas. La verdad es conocida solamente por un círculo íntimo, en tanto el público manifiesta alegría porque finalmente atraparon a un criminal o hicieron valer los derechos humanos.

Imagine la sensación de indefensión que embarga a un hipotético ciudadano honesto que ve descender sobre su propiedad o negocio a decenas de agentes armados o inspectores gubernamentales. Su diario quehacer se ve trastocado. Se llevan sus archivos y confiscan sus computadoras; lo arraigan e interceptan su celular. Se entera de qué lo acusan leyendo la prensa. Busca un abogado y empieza a dimensionar su peliaguda situación. La mayoría de sus amigos y conocidos le da la espalda, por temor o porque dudan de su integridad. Piensan que difícilmente perseguirían a alguien sin pruebas. Y es que le plantan evidencias y testigos falsos. Incluso le pueden montar un juicio internacional o amenazar a los familiares de muerte. Pisotean su dignidad y su nombre. El lector sabrá sustituir este ejemplo ficticio por casos reales.

En 1887, Lord Acton lo cantó claramente: “el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. El entramado de leyes y el sistema jurídico puede usarse para avanzar agendas personales o turbios intereses, inclusive al nivel internacional. Si puede ocurrir dentro de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), puede pasar en instancias nacionales e inferiores. Y no podemos luchar contra los abusos y las injusticias al menos que primeramente reconozcamos que es probable que nuestras reglas del juego incentiven conductas similares a la de Frank Underwood.

Este artículo fue publicado el 13 de junio del 2014 en la Revista Contra Poder y el CEES.

Foto: original de Intercollegiate Review.

Los políticos nunca quieren desregular

patrick-richard-reg-acc-charts-1-large_0

Un marco regulatorio acumulativo y excesivo es como un armario relleno de todos los cachivaches que hemos guardado a lo largo de los años, los cuáles jamás ordenamos ni depuramos.

¿Le ha pasado que de repente se entera de una ley que acaban de aprobar los diputados, que jamás había oído mencionar antes? Uno se pregunta: ¿socializaron la propuesta? ¿entre quiénes? ¿a quién beneficia, a quién perjudica? ¿dimensionaron sus efectos intencionados y no intencionados? Tal es el caso con los últimos dos decretos, la Ley que declara al maíz (ZEA MAYS L) como Patrimonio Cultural Intangible de la Nación y laLey de control de las telecomunicaciones móviles en centros de privación de libertad y fortalecimiento de
la infraestructura para transmisión de datos. Evitar la discusión pública es útil a los políticos porque evita el desgaste a su imagen, aunque abone contra la transparencia.

Obviamente, aprobar nuevas leyes es más fácil que derogar las viejas. Sin embargo, la desregulación es necesaria para la salud del sistema político. Periódicamente, las amas de casa hacemos una limpieza profunda. Sacamos lo que ya no sirve de nuestros clósets y ambientes: reciclamos, regalamos o desechamos chunches que se han acumulado con el tiempo. Algunos miembros de la familia se aferran a sus pertenencias y refunfuñan cuando se tiran, pero luego agradecen vivir en un ambiente ordenado y limpio. A los miembros del Congreso no les gusta hacer lo mismo. Los reglamentos y las leyes simplemente se van apilando hasta generar un impenetrable bosque desordenado, contradictorio y complejo. Casi todas nuestras acciones están sujetas a alguna regulación. Es como si viviéramos en la casa de un acaparador, donde movilizarnos es complicado; no encontramos las cosas que nos servirían en el momento. El costo es elevado.

En Estados Unidos, la acumulación de regulaciones federales entre 1949 y 2005 ha retardado el crecimiento económico en aproximadamente 2 por ciento por año, según un estudio del sistema regulatorio. Los autores de dicho trabajo, John Dawson y John Seater, afirman que “la regulación ha provocado sustanciales reducciones de la tasa de crecimiento tanto de la producción como de la productividad total y ha tenido efectos en las tendencias de capital y trabajo…” Estos resultados constatan lo que ya habían revelado otras investigaciones que utilizan índices producidos por el Banco Mundial y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

El centro de investigación Mercatus publicó recientemente una gráfica que cuenta el número de regulaciones que intentan modificar el comportamiento de los ciudadanos o producir resultados concretos, y que han sido publicados en el Código de Regulaciones Federales. El total de restricciones creció notablemente: de 835,000 en 1997 a más de un millón en el 2010. La tendencia es siempre al alza, pues no hay año en que se reduzcan las regulaciones. Otra forma de medirlo es contar el total de páginas del Código de Regulaciones Federales de cada año. La ya considerable suma de 71,224 páginas correspondientes a la edición de 1975, palidece cuando se compara a las 174,545 páginas de la edición del 2011.

Éstas medidas elevan el costo de emprender e innovar a tal punto que se frenan iniciativas económicas, dicen los asociados a Mercatus. Ellos recomiendan implantar un sistema para revisar la obsolescencia y el mal rendimiento de las regulaciones y así derogarlas para evitar este excesivo apilamiento de leyes. Reconocen que desde la Administración Carter, los gobiernos sucesivos dicen que van a eliminar reglas obsoletas, pero ninguno de estos esfuerzos ha logrado su cometido.

¿Qué detectaríamos si adaptáramos esta investigación a nuestra jungla de leyes y reglamentos? ¿Cuántas páginas sumarían el cúmulo de reglas a las que debemos someternos los guatemaltecos?

Este artículo fue publicado el 6 de junio del 2014 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

Las gráficas que ilustran este artículo son tomadas de Mercatus Center. (Enlace arriba)

patrick-richard-reg-acc-2-large

 

 

Sobre precios y medicinas

Slide1

La libertad es el laboratorio ideal dentro del cual personas imperfectas pueden avanzar en el conocimiento científico y médico, y desarrollar curas más eficaces y baratas. La libertad también es clave para distribuir y comerciar medicamentos.

Un entrador vendedor llamado Carlos se acerca a Rosa y le propone: “Ssshht! Señito, lleve esta sandía a sólo Q.100.00. ¡Buena, barata y deliciosa! Acabo de vender una a Q.200.00.” Rosa puede elegir una de dos reacciones: hacer trato o no. Ella controla la situación y solamente adquirirá la sandía si la estima más que a su billete de cien. Seguramente Carlos no lo convencería a Usted, ni a mí, con su discurso publicitario, ya que podemos adquirir la fruta a mejor precio.

Sin embargo, si Rosa lleva tres días varada en el desierto sin nada que tomar o comer, Carlos le estaría ofreciendo una ganga. También podría caer un turista incauto que desconoce el precio promedio de las sandías en Guatemala. Se sentirá satisfecho si en su país la sandía es escasa y cara, o bien se molestará al enterarse que lo embaucaron y evitará caer en el futuro. Pero el planteamiento de Carlos luciría absurdo si Rosa o el turista están en el mercado rodeados de sandías.

El punto es que el precio de las cosas depende de la relativa escasez del bien y del número de oferentes disponibles. Los compradores y los vendedores, con base en la particular información que cada uno posee, contribuimos a formar los precios en el mercado. Y éstos varían en el tiempo y de lugar en lugar. Para poder comparar precios y elegir el más bajo, deben existir diversos oferentes. Si Carlos fuera el único vendedor de sandías sobre la faz de la tierra, podría cobrar precios estrafalarios.

Las medicinas, como las sandías, son bienes de consumo. Mientras las farmacias compitan unas con otras, podemos aprender a detectar cuáles son oferentes confiables y cuáles realizan promociones engañosas, sin necesidad de que nos lo señale la Dirección de Atención y Asistencia al Consumidor (DIACO). Muchos acudimos regularmente a un farmaceuta de nuestra confianza, quien nos asesora en nuestras compras.

Es cierto que algunas medicinas son caras, pero las consumimos porque nos salvan la vida, nos evitan cirugías e intervenciones aún más costosas, o porque mejoran la calidad de nuestras vidas. Las industrias farmacéuticas invierten millones de dólares a lo largo de años en investigación, previo a lanzar un producto al mercado. Reguladores como la Administración de Alimentos y Drogas (FDA) en Estados Unidos retardan la venta con pruebas adicionales, incluso por décadas. Regulaciones como ésta elevan los costos de fabricar medicinas. Una droga patentada, única en sus capacidades para curar un mal determinado, sería el equivalente a la sandía en el desierto…debemos desprendernos de más billetes para obtener sus efectos curativos.

Es preocupante, por tanto, la iniciativa de las autoridades guatemaltecas. Más allá de las ofertas pintorescas, pretenden indagar sobre los inventarios de medicinas en los establecimientos y evaluar si la ganancia que cosechan las farmacias son excesivas. ¿Existe esa cifra objetiva, única, estática, conocible por funcionarios públicos? Para lograr su cometido, tendrían que centralizar montañas de información, completa y veraz, sobre los costos reales de cada medicina, así como sobre los costos de operación de las diversas casas matrices internacionales y nacionales, y de los expendedores locales.

Bajo control estatal, o en un mercado altamente regulado, los precios no fluctuarán sino serán rígidos y determinados por criterios políticos, y los costos para los tributarios de sostener la burocracia interventora serán altos. Se sentaría un mal precedente respecto de otros mercados. Si de verdad quieren abaratar las medicinas, deberían propiciar la libre importación y circulación de medicamentos, así como evitar excesivas regulaciones locales que encarecen los productos. Sólo la competencia obliga a las farmacias a bajar el precio.

Este artículo fue publicado el 30 de mayo del 2014 por la Revista Contra Poder y el CEES.

La foto que ilustra el artículo aparece en el sitio http://www.forosperu.net/showthread.php?t=87755&page=3.

 

 

¿Opinión política o ciencia?

Slide1

En 1764, el químico sueco Torbern Olof Bergman, intuyó lo difícil que es atinarle a la verdad y comprender la obra natural: “Mediante diligente examen, poco a poco logramos pelar las capas más gruesas, pero rara vez liberamos el núcleo completamente, con lo cual debemos quedar satisfechos con pocos conocimientos incompletos.”

En el ciberespacio circula un memorando elaborado por científicos alemanes preocupados por faltas a la ética profesional en la meteorología y la climatología. Su reclamo es que la exploración científica se ha desvirtuado y politizado. El último párrafo resume su preocupación: “Debemos desear, en general, y también en nuestro campo académico, regresar a la práctica internacional científica que se ve libre de las preconcepciones y las opiniones prejuiciosas pétreas. Ello debe incluir la libertad para presentar resultados científicos (naturalmente bien fundamentados) aún cuando éstos no corresponden con la opinión dominante (por ejemplo, los requisitos del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático–IPCC).”

El primero en publicar el memo parece ser el bloguero Pierre Gosselin. Se describe a si mismo como un estadounidense radicado en Europa, apasionado por el debate climático. Explica su cometido en el clarísimo subtítulo de su blog Notrickzone: “No estoy aquí para adorar lo que se sabe, sino para cuestionarlo”. Los signatarios del memo y el profesor que lo filtró están atemorizados. El contenido de su manifiesto fue diluido y maquillado previo a aparecer en las páginas de la Sociedad Alemana de Meteorólogos; por eso colaron la versión no censurada en las redes sociales. A su vez, Gosselin se abstuvo de revelar sus nombres.

¿Cuál es el saber adorado en este caso? Es el “consenso del CO2”, según el cual el calentamiento global es producido por emisiones humanas de CO2. Los signatarios del memo afirman que la postura se ha convertido en dogma. Describen cómo el planteamiento se formó “democráticamente” en la opinión pública, pero ahora se hace valer dictatorialmente, a la fuerza. Quienes insinúan que no hay consenso o exploran hipótesis alternas son una amenaza para los científicos alineados y para los políticos que esgrimen la doctrina como una bandera, tanto dentro de los gobiernos nacionales como de los organismos internacionales. Ridiculización, despido y la imposibilidad de publicar su obra son algunas consecuencias para los profesionales que nadan contracorriente.

El caso del meteorólogo sueco Lennart Bengtsson influyó sobre los redactores del memo. Bengtsson pasó de recibir premios por su trabajo pionero en la predicción numérica del clima, al repudio por haberse afiliado a la Fundación sobre la Política del Calentamiento Global (GWPF), una organización disidente. Renunció a la GWPF a las pocas semanas porque “no esperaba tanta presión mundial de una comunidad a cual estuve cercano durante toda mi vida activa”. Una revista académica se negó a publicar su artículo: los alineados sostienen que contenía errores y deficiencias, pero los escépticos dicen que fue porque presentaba evidencia contra el dogma. El mismo Bengtsson emitió un comunicado al respecto: “No creo que exista un sistemático encubrimiento de la evidencia científica sobre el cambio climático o que el trabajo por académicos se “suprima deliberadamente”, como sugiere el periódico Times en primera plana. Me preocupa la tendencia más amplia que la ciencia gradualmente está siendo influida por opiniones políticas”.

La corrección política impone un lenguaje, unas ideas y una agenda. Engendra la autocensura y la mediocridad. Su espíritu es autoritario y sus soberbios guardianes practican el bullying, aunque se retraten como custodios de los derechos humanos y la tolerancia. Aquellos académicos que quieren avanzar sus disciplinas y aproximarse a la verdad, tienen que luchar para no contaminarse con este veneno, cultivando la virtud de la humidad y un solemne respeto por su profesión y la libertad personal.

Este artículo fue publicado el 24 de mayo del 2014 por la Revista Contra Poder y el CEES.

La foto que ilustra el artículo no es original, es un collage de fotos alusivos al artículo en el Times que provocó la controversia sobre Bengtsson.

 

Ataques armados y ambientalismo

Slide1

El ecologista finlandés Pentti Linkola afirma que “todo lo que hemos desarrollado en los últimos cien años debe ser destruido”. ¿Explica esta mentalidad los actos delictivos contra ciertas inversiones en Guatemala?

Con sus rostros ocultos por pasamontañas, hombres armados atacaron las instalaciones de una hidroeléctrica en San Mateo Ixtatán, Huehuetenango, el pasado 5 de mayo. En una operación bien organizada, hirieron a cuatro personas. Horas antes, un ingeniero y su esposa fueron retenidos por bloqueos. Por años, las personas y los bienes relacionados con inversiones en hidroeléctricas, mineras y otras industrias cuestionadas han sido objeto de ataques criminales. El saldo: deleznables asesinatos, secuestros, amenazas de vida, baja inversión, una imagen internacional deteriorada y pérdidas millonarias.

Los vecinos de San Mateo Ixtatán explicaron que los vándalos no son oriundos del municipio. El ataque constituyó una represalia en su contra, pues los pobladores locales suscribieron acuerdos con la hidroeléctrica. Además, los intimidan para que se unan a las protestas. Distanciarse de los actos delictivos requiere tanto valentía como sensatez. Tales acciones dañan las causas que supuestamente enarbolan, entre ellas la bandera ambientalista.

Las primeras organizaciones ambientalistas se enfundaron en la chamarra ética de la no-violencia. En nuestra mente reside el entrañable estereotipo del amante de la naturaleza, medio científico y medio hippie, que abraza árboles, recicla, escucha el canto de las ballenas y come afrecho. No mata a una mosca. Nos cuesta creer que personalidades como Ira Einhorn, cofundador del Día de la Tierra y opositor a la guerra de Vietnam, pudieran ser violentas; causó revuelo el arresto de Einhorn por asesinar a su novia y guardarla en un baúl para convertirla en compost.

Es decir que pocos nos percatamos de la transición hacia el eco-terrorismo por parte de ciertas agrupaciones. Quizás fue porque los ambientalistas interpretaron su coyuntura como una guerra declarada en contra malvados intereses económicos depredadores. Quizás fue el creciente odio hacia la humanidad por el anhelo de restituir a la Madre Tierra a un estado intacto. Y así, hasta el Príncipe Felipe, esposo de la Reina Isabel II, ha dicho que “si fuera reencarnado, quisiera regresar a la Tierra como un virus mortal para reducir los niveles de la población humana.” Frente a opositores avaros, sin conciencia, auxiliados por gobiernos indiferentes o cómplices, la salida pacífica luciría ilusoria a estos guerreros. El pequeño David ambientalista tenía que agredir a Goliat.

Para ellos, es válido bombardear barcos pesqueros, irrespetar la propiedad ajena y sembrar el terror entre inocentes. El fin justifica los medios. Según el FBI, el eco-terrorismo es una mayor amenaza terrorista que Al Queada dentro de los Estados Unidos. Los daños provocados por grupos como el Frente de Liberación de la Tierra (ELF) ascienden a más de $100 millones de dólares. Operan en células independientes y carecen de un liderazgo centralizador. Este modus operandi se ha internacionalizado.

La pregunta para Guatemala es: ¿Aquí existen eco-terroristas, o son usados como un frente? Si lo segundo es cierto, a los ambientalistas les ocurre lo que según Bruce Yandle ocurría a los religiosos bautistas en la época de la prohibición al alcohol: proveían argumentos morales y convincentes que, paradójicamente, servían los intereses de los contrabandistas del alcohol.

Los ambientalistas deben distanciarse de los criminales, siguiendo el ejemplo de los valientes pobladores de San Mateo Ixtatán. Permanecer callados frente a actos delictivos perjudica su prestigio y también daña al movimiento ecológico. ¡Somos más quienes quieren proteger los recursos naturales sin dañar el derecho ajeno ni el Estado de Derecho!

Este artículo fue publicado el 16 de mayo del 2014, en la Revista Contra Poder y CEES.

La foto que ilustra este artículo NO es propia, sino es un collage compuesto por una foto tomada de Plaza Pública y una ilustración del blog thepeoplesvoice.org.

 

 

¿Por qué marchar por la vida y la familia?

photo-119

¡Vamos a la marcha el 11 de mayo!

La familia es una institución ancestral que hoy es cuestionada y atacada, pese a servir como pilar de la sociedad. Platón y otros han propuesto eliminar o sustituir a la familia, encargando al Estado la planificación de nacimientos y la tutela de los niños. Durante la época soviética, autores rusos teorizaban que su gobierno convertiría en obsoleta a la familia cuando llegara a orquestar la reproducción de humanos incubados, así como controlaban la producción de la industria y el armamento militar. En Guatemala pocos respaldarían semejantes extremos, pero sí vivimos una especie de paradoja. Por un lado se reconoce los nocivos efectos sociales de la desintegración familiar, pero por el otro lado desvalorizamos a la familia.

Los psicólogos y psiquiatras, investigadores y académicos, policías y jueces, trabajadores sociales y carceleros, maestros y confesores: todos coinciden en que la desintegración familiar provoca un abanico de problemas sociales, que abarcan desde la deserción escolar hasta las guerras callejeras entre maras. Lo intuye hasta un pandillero salvadoreño que fue entrevistado durante el período de tregua pactada con el gobierno. “En nosotros está todavía la naturaleza humana,” explicó al reportero este tosco hombre tatuado, cuyo irónico apodo es “Baby”. Baby es un padre que quiere y vela por sus hijos, de la misma forma que su madre se preocupa por él. Debido a su violento estilo de vida, no logra crear para sus descendientes un hogar estable, pero lo añora y reconoce que la familia es connatural al ser humano.

Concretamente en Guatemala, la Dra. María Sophia Aguirre encontró que la familia constituida por hombre y mujer unidos en matrimonio es la estructura que mejores resultados obtiene en pro de sus miembros, seguida de las uniones de hecho o matrimonios de facto. Como factor determinante del bienestar económico, es más importante la estructura familiar que otros factores, como por ejemplo, diferencias étnicas, la recepción de remesas, o si se vive en el área rural o urbana. (Determinantes del Crecimiento Económico, Población y Familia: El Caso Guatemala (2007)) Sus resultados son un espejo de estudios realizados en otros países, pero tales discernimientos son hechos a un lado. Es políticamente incorrecto señalar las estadísticas que demuestran que los niños criados dentro de la estructura familiar tradicional tienden a tener cubiertas sus necesidades básicas, rinden mejor en la escuela, son más estables emocionalmente, y cometen menos crímenes. Nos inhibimos de afirmar que dichos infantes tienen mejores prospectos de florecer y llegar a ser ciudadanos sanos, productivos y emprendedores.

Lo que es más, numerosas caricaturas, libros, canciones y Memes de Internet inducen a la juventud a rechazar a la familia. Algunos jóvenes opinan que casarse por amor es imposible o ridículo; serán felices si permanecen solteros y “libres”, y miserables si contraen matrimonio. Se minusvalora la maternidad. Los defensores de la familia tradicional son tildados de ignorantes, intolerantes o absolutistas, y son acusados de querer imponer sus prejuicios retrógrados a otros.

Quizás quienes quieren destruir a la familia, se rebelan también contra la naturaleza humana; erróneamente conciben las fronteras naturales como limitantes de su libertad. Es contraproducente obligar a las personas a contraer matrimonio y formar una familia, pero también es tristísimo que algunos se priven de los gozos de la vida familiar debido a este clima social.

Una marcha por la vida y la familia comunicará a la juventud que mucho depende de la permanencia de la institución ancestral y que vale la pena luchar por ella.

Este artículo fue publicado el 9 de mayo del 2014 en la Revista Contra Poder y el CEES.

Foto propia.

 

 

Guatemala recibe a George Gilder

photo-118

George Gilder, apasionado del avance tecnológico, economista, inversionista y autor, recibirá el doctorado honoris causa de la Universidad Francisco Marroquín el 3 de mayo.

El último libro por George Gilder, Knowledge and Power (Conocimiento y Poder, 2013), causó revuelo por reivindicar al conocimiento como el protagonista de la economía. “La riqueza es esencialmente conocimiento,” afirma categóricamente el autor. Gilder saltó a la fama en los años ochenta tras publicar Riqueza y Pobreza. Su endoso de la teoría de la economía del lado de la oferta (Supply-side economics) gustó a la Administración Reagan. Gilder ha explorado la tensión latente entre el cambio y la estabilidad, así como la coerción y la libertad. Dos cosas me atrajeron cuando revisaba artículos sobre su obra. Primero, Gilder experimentó una revelación que transmite con sencillez a otros, respecto de la creación del conocimiento enriquecedor. Segundo, no tiene empacho en desafiar la corrección política del momento para resaltar la importancia de la familia.

George Gilder explica que cada transacción económica equivale a un intercambio de conocimientos diferenciados. Cuando Jorge le compra un frasco de aspirinas a su farmaceuta Juan, consciente e inconscientemente ambos hacen acopio de muchísimos datos que los llevan al acuerdo. Nos distingue del humano neandertal, no la mayor disponibilidad de recursos naturales, sino la acumulación y el acceso a la información. Con el tiempo aprendemos a hacer las cosas con mayor eficiencia, abaratando los costos e innovando.

Para Gilder, el conocimiento más valioso es aquel que nos sorprende y redirige la economía en direcciones insospechadas. Usa adjetivos como desordenada, disruptiva, sorpresiva e indeterminada para describir la información. “Y la entropía es libertad para elegir,” subraya. “Este discernimiento está en el centro de la teoría de información del capitalismo.”

Ahora bien, el conocimiento requiere de un canal o conductor confiable para ser diseminado y transformado. ¿Alguna vez fabricó Usted un teléfono con dos latas unidas por una pita? Cuando nos colocábamos la lata sobre el oído, escuchábamos ruidos distorsionantes pero también la voz del amigo que se comunicaba con nosotros. El empresario sabe distinguir entre los datos sorprendentes y valiosos, los ruidos distractores, y el aparato mismo. Dicho en otras palabras, para generar conocimientos disruptivos, es necesario un transmisor poco disruptivo.

Tanto la espontaneidad como el orden confluyen en el mercado para capitalizar el conocimiento. Son portadores instituciones como los límites constitucionales, los derechos de propiedad y la disciplina personal. Al igual que James M. Buchanan, Gilder opina que dichos portadores o reglas de tránsito no surgieron espontáneamente en la historia, sino que derivan de un liderazgo político inspirado y auto-restrictivo. Pero, haciendo eco de Friedrich Hayek, advierte que cualquier esfuerzo por centralizar o predeterminar el conocimiento son vanos y retardan la innovación y la creación de riqueza.

Eso nos trae a la segunda idea que me impresionó. Gilder opina que la familia tradicional es uno de los pilares estables, uno de los conductores de “baja entropía”, de los cuales brota el conocimiento creador de riqueza. La paternidad nos hace virtuosos y nos obliga a ser confiables. Los hijos nos dan un sentido de futuro y de largo plazo. Cuando la familia se destruye, nos volvemos cortoplacistas. En una entrevista que concedió al Instituto Acton, Gilder reconoce las raíces religiosas de la institución. Una cultura cimentada en raíces cristianas pone al centro a la familia y aspira a “lo bello, lo bueno, lo verdadero”, en tanto a juicio de Gilder, la cultura secular es corrupta y depravada.

¡Bienvenido a Guatemala, George Gilder! Sus discernimientos académicos son bien recibidos aquí.

Este artículo fue publicado el 2 de mayo del 2014 en la Revista Contra Poder y en CEES.

Foto del sitio New Media donde puede encontrar la conferencia dictada por Gilder.