Tokio 2020: ¿panacea o maldición?

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¿Es bueno o malo ser anfitrión de los Juegos Olímpicos?   Es curioso notar cómo los políticos y la población suelen ser entusiastas, mientras los economistas advierten que el éxito financiero no está garantizado. 

¿Pueden unos Juegos Olímpicos revitalizar a una economía moribunda?  Eso prometió el gobernador de Tokio, Naomi Inose, palpando la sed de optimismo entre los japoneses.   Aún intentan superar los duraderos efectos económicos del tsunami que devastó sus costas en marzo del 2011.   Éste provocó un desastre nuclear en la planta de Fukushima y redujo dramáticamente el influjo de turistas.  De allí que festejaran su designación como ciudad sede para las competencias deportivas, el domingo 15 de septiembre.  Y, como para validar la promesa gubernamental,  el índice bursátil Nikkei 225 subió 2.2 por ciento ese lunes por inversiones en empresas de construcción.  Casi no se percatan del Tifón Man-yi que azotó al archipiélago japonés ese mismo día.

Los japoneses secundan la ilusión de Inose y guardan buenos recuerdos de Tokio 1964.   Relacionan dicho evento con grandes inversiones en infraestructura, como el tren bala.  Suelen ignorar el hecho que a partir de entonces el gobierno ha recurrido a la emisión de bonos para cubrir deficits cada vez mayores.  Según el Fondo Monetario Internacional, la deuda estatal del Japón ahora asciende a 230% del PIB; es la más alta entre los países desarrollados y sigue creciendo.   De forma similar, habiendo generado $15 mil millones de pérdidas, Atenas 2004 es parcialmente responsable de la grave deuda gubernamental que hoy oprime a Grecia.  Los juegos de invierno a realizarse en el 2014 en Sochi, Rusia,  requieren un gasto titánico que supera los $50 mil millones y provocan nerviosismo.   En tiempos recientes, sólo Pekín 2008 produjo una moderada ganancia, mientras que los anfitriones de Vancouver 2010 y Londres 2012 aparentemente salieron tablas.  El economista David Henderson concluye que todo depende de quién paga por la infraestructura: es preferible que inviertan las corporaciones privadas, a que los gobiernos pasen una abultada factura al contribuyente.

Alistarse para Tokio 2020 requerirá de inversión pública y privada.  Piensan remozar el estadio nacional y otros quince sitios, así como construir 22 instalaciones completamente nuevas.  Tienen previsto erogar $4.1 mil millones, pero como podrían advertirles los ingleses, los costos reales de construcción frecuentemente exceden lo presupuestado.   La experiencia cosechada por Gran Bretaña demuestra además que fueron efímeras las ganancias cosechadas por la industria hotelera y de alimentos, al igual que la creación de empleos.  No obstante, el inglés promedio sigue creyendo que fue algo positivo ser sede.

Una inyección olímpica no bastará en Japón.  El primer ministro Shinzo Abe lanzó un plan en tres partes conocido como “Abenomics”.   Consiste en imprimir más moneda para estimular el consumo, un programa de estímulo fiscal y la creación de nuevas zonas económicas, menos reguladas.  Abe ve las olimpíadas como un cuarto motor para reanimar la economía.  Pero el analista James Gruber predice una inminente crisis. (Forbes, 10-VIII-13)  Si las tasas de interés suben en tan sólo 2 puntos, ya sea por políticas estadounidenses o domésticas, el pago de intereses sobre la deuda se chuparía el 80% de los ingresos del gobierno.  Quedaría poco para cubrir compromisos como un seguro social que atiende a una población cada vez más envejecida.  La revista The Economist hace eco de la preocupación.  Si la desregulación no propicia un fuerte crecimiento, la crisis de deuda podría llevar al borde del colapso a las grandes empresas del Japón.  Por ello recomiendan una liberalización económica y la proliferación de nuevos emprendimientos.   Será interesante ver cómo la tercera economía más grande del mundo encara estos retos.

Este artículo fue publicado el 27 de septiembre del 2013 en la Revista Contra Poder y el CEES.

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