Mitos sobre la legislación

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¿Está decepcionado con la gestión del Congreso?  ¿Pensaba que estos diputados harían un mejor papel que los anteriores?  Cuatro mitos comunes exacerban nuestra frustración.

En Guatemala, como en otros países, los diputados nos defraudan.  Si no aprueban leyes, los acusamos de haraganes.  ¿Se acuerda cuando el Congreso aprobó el Decreto 1-2013 para reducir a la mitad el Impuesto sobre la Circulación de Vehículos (ISCV)?  Nos inquietó que era la primera ley producida en seis meses.   Cuando sí legislan, criticamos el producto.  Por ejemplo, protestamos por la Ley de Equipos de Terminales Móviles (Decreto 8-2013), no sólo porque se pasó de emergencia, sino porque anticipamos elevados costos debido al pretendido registro.  Acerca de la nueva regulación para los motociclistas, criticamos desde el color del chaleco que deben portar los motoristas, hasta su aplicabilidad.  ¿Será que pedimos demasiado?

Mito 1: El proceso político es unitivo.  Escuchamos frecuentemente que la política nos hermana y nos hacen converger hacia unas metas comunes.   La realidad es que ningún ideal romántico, tal como librarnos de la amenaza de robo de celulares, logra desvanecer nuestras preferencias disímiles.  La sociedad política está compuesta por individuos y grupos de interés, a los cuales nos asociamos libremente, con agendas variadas que riñen unas con otras.  Los consensos se forman solamente en torno a principios francamente generales y abstractos, como “no matar” y “no robar”.   La política no puede, por tanto, satisfacer a todos siempre.

Mito 2:  Nuestro representante es fiel.  Si no somos uno, piensan muchos, cuando menos elegimos representantes que hacen valer nuestras preferencias peculiares. Pero los analistas coinciden que la representatividad es compleja.  Por un lado, aún dentro de un distrito electoral homogéneo emergen variadas prioridades.  Es difícil comunicar a nuestro diputado lo que queremos que haga en cada instancia.  Entre elección y elección, el representante se distancia de nosotros.  Por otra parte, el diputado busca su propio interés e intenta congraciarse con su jefe inmediato o con su patrocinador de campaña, antes que con el elector.

Mito 3: La legislación cosecha el fin anhelado.  Es dañina la expectativa según la cual basta con aprobar una ley para solventar un problema.  Inventamos leyes para acabar con el calentamiento global y la desnutrición infantil.  Cuando el objetivo no se alcanza, reformamos la legislación y pasamos más leyes.  Desestimamos tanto los incentivos reales como las consecuencias no intencionadas que crea cada pieza legislativa nueva.

Mito 4:  El Congreso que legisla es eficiente.  Evaluamos el rendimiento del Congreso con base en el número de decretos aprobados.  Presionamos a los diputados a “hacer algo”, no importa qué exactamente, para “resolver” el abanico de peticiones sectoriales.  No exigimos que promueva iniciativas coherentes, ni que respete los límites constitucionales, ni que tenga en cuenta legislación preexistente.  En vez de contar con un conjunto de leyes claras, conocidas, estables y justas,  ya rebasamos la marca de 68,000 leyes vigentes (y eso según un viejo estimado, del 2008, de la Comisión Presidencial para la Reforma y Modernización del Estado), de las cuáles casi la mitad son obsoletas.  ¡Es imposible conocerlas y acatarlas todas!

Es mejor abordar la política con lentes realistas que con lentes románticos.  Jamás será perfecto el proceso, pero puede mejorar.  Es de suma importancia una constitución de principios que subordine a gobernantes y gobernados por igual.  Tiene que estar por encima del vaivén electorero y ser de carácter general, abstracto y duradero.   Nos vendría bien una ley marco para hacer leyes, así como mecanismos para elevar el costo imputable al legislador si aprueba tonteras.  Además, deberíamos chapear la tupida jungla de leyes.

Este artículo fue publicado el 4 de octubre en Revista Contra Poder, CEES y HACER Latin American News.

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