El poder coercitivo y el prejuicio

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La persona  libre y responsable, dotada de dignidad, debe ser el punto de partida de la organización social.   Sólo así se evitarán abusos de poder como los perpetrados por el nazismo.

La coyuntura guatemalteca dista de las atrocidades perpetradas por el nacionalsocialismo o nazismo durante la II Guerra Mundial.  Sin embargo, podemos aprender incluso de la historia ajena.   Y cuando se empaca la historia dentro de una novela, como hace Tatiana de Rosnay en  La Llave de Sarah (2007), podemos dimensionar sucesos complejos e ir más allá de los datos puntuales.

Sarah, la protagonista de la novela por Rosnay, tenía diez años cuando vivió una tragedia que cercenó de tajo su inocencia.  Sus padres eran judíos polacos radicados en París.  Ellos ocultaron a sus hijos los rumores que emanaban de su país natal y Alemania sobre las políticas antisemíticas de Hitler; no creían que fueran veraces.   Por ello, Sarah no dimensionó lo que ocurría cuando la policía francesa tocó a su puerta para arrestarlos, la madrugada del 16 de julio de 1942.  Para ahorrarle un mal rato, Sarah encierra a su hermano de cuatro años en su escondite preferido, con llave, y promete regresar pronto.  Dicha promesa, y la llave en su bolsa, motivan a Sarah a superar la inimaginable crueldad que presencia de allí en adelante.

Por orden de la Gestapo alemana, gendarmes franceses arrestaron a 13,152 personas judías el 16 y 17 de junio de 1942.   Mandaron a los adultos directamente al campo de concentración en Drancy, en las afueras de París.  A las familias las llevaron a un estadio encubierto llamado Velodrome d’Hiver, o Vel d’Hiv, donde pasaron seis días sin alimentación, sanitarios o atención médica.   Posteriormente, los trasladaron a campos de concentración en áreas rurales; separaron a hombres, mujeres y niños.   En total fueron más de 42,000 personas deportadas de Francia a Auschwitz, donde la mayoría pereció en las cámaras de gas.  En última instancia, niños hasta de 18 meses fueron exterminados, pero las autoridades tardaron en decidir qué hacer con los chicos, por lo cual vivieron días prácticamente abandonados en los campos de concentración.  Pocos lograron escapar y otros fallecieron en cautiverio.  En la novela, Sarah escapa y regresa a París gracias a la ayuda que recibe de un policía y una pareja de granjeros mayores.  Descubre a su hermano muerto dentro del closet.

Se requiere de un aparato estatal coactivo para hacer valer una mentalidad racista.   De forma sistemática, el régimen nazi montó exposiciones en contra del “judío sucio” y divulgó propaganda, caricaturas y artículos en varios países.   Luego pasaron leyes contra la raza judía y promovieron actos violentos como la Noche de los cristales rotos.  Algunos europeos no asimilaron el discurso, reconociendo en cada persona humana una dignidad y unos derechos inherentes, pero otros se tragaron el cuento, ya sea por temor, por indiferencia o por un instinto de auto-preservación.  Sin ese motor estatal, es más factible desenmascarar el racismo, pues socialmente se retrataría como un desagradable bullying o una falta de educación.

Sarah comprende el odio nazi cuando desea la muerte o la venganza para sus captores.  Más sin embargo no actúa sobre su odio.  Tiene la capacidad de auto-examinarse.  Sabe leer a los adultos y distingue a los que albergan prejuicios de los timoratos.    La madurez de Sarah nos aclara que son casi tan contraproducentes las políticas públicas que buscan desquitar el agravio, que el mal original.   Y es que subrayan la raza o la religión como una base aceptada y aceptable para juzgar al prójimo, volviendo a atropellar a unos a partir de este criterio.

Una persona libre sabe relacionarse con los demás, por diferentes que sean, sin imponerse ni victimizarse, desde la persuasión y no la coerción.

Este artículo fue publicado el 20 de septiembre en la Revista Contra Poder y en el CEES.

La foto es un montaje a partir de una fotografía tomada durante la ocupación nazi de Paris, encontrada en el sitio History in Pictures.

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