¿Por qué no hacemos lo que debemos?

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Los países fracasan en alcanzar la prosperidad debido a resistentes instituciones políticas que inhiben el crecimiento, según Acemoglu y Robinson. ¿Cómo podemos transitar hacia un marco institucional más sano?

Los economistas han gritado a los cuatro vientos que las deficientes instituciones económicas crean incentivos perversos y obstaculizan la prosperidad.  Lo reconocen desde que descartaron las teorías lineales y deterministas del crecimiento.  Ellos entienden una institución como “una limitación de diseño humano que estructura las interacciones políticas, económicas y sociales”, según la definición acuñada por el premio Nobel en economía de 1993, Douglass North.

La pregunta lógica que se sigue es: ¿Por qué cuesta tanto hacer lo que sabemos que deberíamos hacer en materia económica?  Daron Acemoglu y James A. Robinson, coautores de Por qué fracasan los países (2012),  responsabilizan a la política.  “Son la política y las instituciones políticas las que determinan las instituciones económicas que tiene un país,” afirman.  Acemoglu y Robinson escribieron un libro accesible, repleto de ejemplos tomados de investigaciones y vivencias personales.  Acemoglu nació en Turquía y reside en Estados Unidos, donde imparte clases en el Massachusetts Institute of Technology (MIT).  James Robinson es politólogo y economista experto en África y América Latina, y catedrático en la Universidad de Harvard.

Los autores trazan la diferencia entre un círculo virtuoso inclusivo y un círculo vicioso extractivo.  Las instituciones inclusivas descansan sobre derechos de propiedad garantizados y un sistema legal imparcial.  En dicho paradigma los partícipes gozan de libertad de entrada y de salida del mercado, y pueden forjar relaciones contractuales y comerciales.   Aunque usualmente pasan desapercibidas, las instituciones políticas vigentes en Inglaterra en el Siglo XVIII, de carácter inclusivo, fueron factores determinantes de la Revolución Industrial.  En contraste, las instituciones extractivas están diseñadas para transferir ingresos y rentas de un sector social a otro.  Obviamente, el régimen extractivo subsiste merced al uso y aplicación de la fuerza.   El caso extremo, el colonialismo latifundista y esclavista, requirió de la protección coercitiva de la élite.   Y a pesar de que algunas élites, como la de Corea del Sur, han abierto sus economías alcanzando mayor prosperidad, es indiscutiblemente preferible vivir en un entorno francamente inclusivo.

La sinergia entre las reglas económicas y políticas en una sociedad redundan en un círculo virtuoso o uno vicioso.  Los países que fracasan en el presente son aquellos cuyas instituciones políticas fortalecen el poder de algunos sectores y así desincentivan el ahorro, la inversión y la innovación.   El círculo vicioso es perseverante pero no absoluto, y algunas naciones han logrado pasar a una realidad más inclusiva.   Según los autores, la transición suele acompañarse de “coyunturas críticas” o cambios disruptivos, tales como la peste negra o la apertura de rutas comerciales hacia el Atlántico.

Advierten que la ingeniería de la prosperidad es imposible, y, aunque no hay recetas, abogan por empoderar a amplios sectores de la sociedad.  De lo contrario, las reformas no alterarán el sustrato institucional y los avances serán perecederos.    ¿Pero cómo se llega a diluir el poder, sabiendo que los políticos gravitan hacia el autoritarismo como hacia un irresistible imán?

Me parece que el libro es una invitación para el análisis de las decisiones públicas (Public Choice), pues si la raíz del problema es la política, tenemos que entender los incentivos que imperan sobre los actores políticos.  Acemoglu y Robinson no citan esta escuela de pensamiento, y sin embargo su trabajo se asoma a su territorio.  Debemos adentrarnos en esta veta investigativa para elaborar propuestas realistas.

Este artículo fue publicado el 23 de agosto del 2013 en CEES y la Revista Contra Poder.

La foto de Buzz Lightyear (“¡Al infinito y más allá!”) la tomó uno de mis hijos.

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