Peligra la libertad de prensa

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Escribió Ludwig von Mises que “la libertad sólo puede ser ganada por hombres incondicionalmente comprometidos con los principios de la libertad.  El primer requisito para un mejor orden social es el retorno a una irrestricta libertad de pensamiento y de expresión.” 

Esta historia ilustra una alarmante realidad.  Cuentan que Pancho Sales era un aclamado reportero de El Globo Vigilante, un ficticio matutino latinoamericano. Pancho había avergonzado a sucesivos gobiernos con sus reportajes sobre cuestionables programas y servicios estatales, abusos de poder y corrupción.   Un buen día, sus cuentas bancarias amanecieron congeladas.  Allanaron su oficina y su hogar buscando evidencia para acusarlo de un delito inventado.  Regaron rumores sobre su vida privada.  El presidente de turno salió en la televisión acusándolo de evadir impuestos y de ser un mentiroso, ladrón y traidor a la patria; además, solicitó al Congreso aprobar un proyecto de ley que subrepticiamente le permitiría censurar a los medios de comunicación.  Bajo presión, los anunciantes retiraron sus pautas publicitarias de El Globo Vigilante.  Luego, amigos del partido reinante ofrecieron comprar el matutino.  Finalmente, se llevaron a Pancho a media noche y lo metieron a la cárcel sin explicarle el motivo de su captura.

En la obscuridad de su celda, el cabizbajo Pancho entendió que su profesión estaba bajo acecho del gobierno en muchos países latinoamericanos.   En su mente se agolparon imágenes del presidente de Ecuador, Rafael Correa, demandando a El Universo y despedazando con furia un ejemplar de La Hora;  de Nicolás Maduro, mandamás de Venezuela, denunciando de manipulación a la “prensa burguesa”; de Cristina Fernández de Argentina, hablando de nacionalizar a los medios privados.   En algunos países se intentaba aprobar una “ley mordaza” como la que está vigente en Ecuador, así como leyes para debilitar financieramente a medios noticiosos.   Pancho se recordó del informe de la Comisión Investigadora de Atentados a Periodistas (Ciap) de la Federación Latinoamericana de Periodistas (Felap) y lloró de nuevo a 45 colegas suyos asesinados en el 2012; México, Brasil y Honduras encabezaron la lista con 17, 10 y 9 periodistas fallecidos, respectivamente.    Nuestro amigo Sales suspiró, agradeciendo a Dios el hecho de seguir con vida.

Son demasiados los periodistas que atraviesan situaciones similares a la de Pancho Sales.  Reporteros Sin Fronteras elabora un índice de libertad de prensa que compara a 179 países.   La medición es generada a partir de encuestas sobre el clima de independencia, pluralismo, auto-censura y transparencia, tanto en medios tradicionales como electrónicos, entre otros factores.  Este año, Costa Rica, ubicada en la casilla 18, es la única nación iberoamericana con una clasificación libre.   Uruguay ocupa la casilla 27 y El Salvador, la 38.  A través de los años, el posicionamiento de Guatemala ha fluctuado desde un bajísimo ranking de 106, en el 2010,  hasta un mediocre 66, en el 2004.

Claro está que también en el gremio periodístico hay conglomerados poderosos y actores ideologizados o faltos de ética.  Pero la historia de Pancho Sales nos enseña que el poder de la voz y de la pluma palidecen frente al poder coercitivo del Estado.  La libertad de prensa es una cara de la libertad que amerita ser tratada como absoluta, defendida hasta el extremo y preciada sobre otros valores, así nos gusten las opiniones de los demás conciudadanos o no.  Los mejores antídotos contra excesos cometidos tanto por reporteros como por gobernantes son un mercado informático verdaderamente competitivo y libre, y un Estado de Derecho funcional que lo apuntale.  En un debate limpio aflora la verdad y se delata la mentira.  Como advirtió George Washington hace siglos, “si nos quitan la libertad de expresión, entonces, tontos y silenciados, nos podrán llevar como ovejas al matadero”.

Este artículo fue publicado el 30 de agosto del 2013 en CEES y la Revista Contra Poder.  La foto de George Washington tomada del sitio History fue adaptada para una presentación.

 

¿Por qué no hacemos lo que debemos?

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Los países fracasan en alcanzar la prosperidad debido a resistentes instituciones políticas que inhiben el crecimiento, según Acemoglu y Robinson. ¿Cómo podemos transitar hacia un marco institucional más sano?

Los economistas han gritado a los cuatro vientos que las deficientes instituciones económicas crean incentivos perversos y obstaculizan la prosperidad.  Lo reconocen desde que descartaron las teorías lineales y deterministas del crecimiento.  Ellos entienden una institución como “una limitación de diseño humano que estructura las interacciones políticas, económicas y sociales”, según la definición acuñada por el premio Nobel en economía de 1993, Douglass North.

La pregunta lógica que se sigue es: ¿Por qué cuesta tanto hacer lo que sabemos que deberíamos hacer en materia económica?  Daron Acemoglu y James A. Robinson, coautores de Por qué fracasan los países (2012),  responsabilizan a la política.  “Son la política y las instituciones políticas las que determinan las instituciones económicas que tiene un país,” afirman.  Acemoglu y Robinson escribieron un libro accesible, repleto de ejemplos tomados de investigaciones y vivencias personales.  Acemoglu nació en Turquía y reside en Estados Unidos, donde imparte clases en el Massachusetts Institute of Technology (MIT).  James Robinson es politólogo y economista experto en África y América Latina, y catedrático en la Universidad de Harvard.

Los autores trazan la diferencia entre un círculo virtuoso inclusivo y un círculo vicioso extractivo.  Las instituciones inclusivas descansan sobre derechos de propiedad garantizados y un sistema legal imparcial.  En dicho paradigma los partícipes gozan de libertad de entrada y de salida del mercado, y pueden forjar relaciones contractuales y comerciales.   Aunque usualmente pasan desapercibidas, las instituciones políticas vigentes en Inglaterra en el Siglo XVIII, de carácter inclusivo, fueron factores determinantes de la Revolución Industrial.  En contraste, las instituciones extractivas están diseñadas para transferir ingresos y rentas de un sector social a otro.  Obviamente, el régimen extractivo subsiste merced al uso y aplicación de la fuerza.   El caso extremo, el colonialismo latifundista y esclavista, requirió de la protección coercitiva de la élite.   Y a pesar de que algunas élites, como la de Corea del Sur, han abierto sus economías alcanzando mayor prosperidad, es indiscutiblemente preferible vivir en un entorno francamente inclusivo.

La sinergia entre las reglas económicas y políticas en una sociedad redundan en un círculo virtuoso o uno vicioso.  Los países que fracasan en el presente son aquellos cuyas instituciones políticas fortalecen el poder de algunos sectores y así desincentivan el ahorro, la inversión y la innovación.   El círculo vicioso es perseverante pero no absoluto, y algunas naciones han logrado pasar a una realidad más inclusiva.   Según los autores, la transición suele acompañarse de “coyunturas críticas” o cambios disruptivos, tales como la peste negra o la apertura de rutas comerciales hacia el Atlántico.

Advierten que la ingeniería de la prosperidad es imposible, y, aunque no hay recetas, abogan por empoderar a amplios sectores de la sociedad.  De lo contrario, las reformas no alterarán el sustrato institucional y los avances serán perecederos.    ¿Pero cómo se llega a diluir el poder, sabiendo que los políticos gravitan hacia el autoritarismo como hacia un irresistible imán?

Me parece que el libro es una invitación para el análisis de las decisiones públicas (Public Choice), pues si la raíz del problema es la política, tenemos que entender los incentivos que imperan sobre los actores políticos.  Acemoglu y Robinson no citan esta escuela de pensamiento, y sin embargo su trabajo se asoma a su territorio.  Debemos adentrarnos en esta veta investigativa para elaborar propuestas realistas.

Este artículo fue publicado el 23 de agosto del 2013 en CEES y la Revista Contra Poder.

La foto de Buzz Lightyear (“¡Al infinito y más allá!”) la tomó uno de mis hijos.

Un emprendedor académico

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“Sólo los instruidos son libres,” dijo Epícteto.   Giancarlo Ibárgüen es una persona decididamente instruida y libre, pero además se parece al filósofo estoico en que su vocación de maestro le ha permitido enseñar a cientos de personas a ser instruidas y libres como él.

Giancarlo Ibárgüen se entregó de cuerpo y alma a la Universidad Francisco Marroquín (UFM).   Empezó dando clases de economía y pronto fue nombrado secretario, cargo que desempeñó de 1995 al 2003.  Durante los siguientes diez años, ocupó la rectoría.  Hace dos días, pasó la estafeta a Gabriel Calzada luego de un año transicional.  Oportunamente, el Banco Industrial le rendirá un homenaje el lunes 19 de agosto, pues su legado incide positivamente en el país y el mundo.  Por eso ha sido reconocido también por el Instituto Acton, el Instituto Juan de Mariana y Hillsdale College, entre otras prestigiosas organizaciones.

Éramos aún adolescentes cuando identifiqué en Giancarlo a un mentor intelectual, además de un amigo.  Ya Armando De la Torre, Luis Figueroa, Marta Yolanda Díaz Durán y otros han esbozado acertados retratos en sus columnas.  Intentaré evitar la repetición y responder una interesante pregunta: ¿cuál es el sello que Giancarlo imprimió en la UFM?  Apenas redacto la frase y me parece escucharlo decir, con característica humildad, que él no hizo más que dar continuidad al proyecto fundacional y que las metas alcanzadas son producto del trabajo de un maravilloso equipo de personas comprometidas con la UFM y la excelencia.  Es cierto, pero también lo es que él delineó, en su discurso inaugural, una visión a la vez futurista y humanística de la educación, tomó firmemente el timón y pisó fuertemente el acelerador.

Giancarlo cree en la educación para la libertad, en libertad.  Aboga por procesos pedagógicos que emulen la aventura empresarial, que no sólo respeten, sino pulan y potencien los irrepetibles talentos y las pasiones de individuos.  Asigna al estudiante el papel protagónico.  Quiere que nos aproximemos al estudio con un entusiasmo desbordante y un alto sentido de responsabilidad.   Ofrecemos al pupilo oportunidades para la exploración y el descubrimiento, no le llenamos la cabeza de información desde una plataforma autoritaria.  En sus ojos, los muros que separan las facultades y las disciplinas pueden entorpecer el aprendizaje.  También constituyen barreras la soberbia y nuestro temor a equivocarnos.  Nos recuerda que quien no se equivoca, no acierta; quien no emprende y fracasa, tampoco cosecha éxitos.

Los avances tecnológicos son herramientas que viabilizan este paradigma educativo, pues abren las aulas al mundo y ponen a nuestra disposición el conocimiento disperso en inmensas reservas electrónicas.   La metodología socrática también es un vehículo necesario.   Giancarlo se anticipó a su tiempo e implementó lo que hoy empieza a ponerse de moda: el campus Wi-fi, las mesas redondas, las bibliotecas con espacios para socializar, la interdisciplinariedad, la revalorización de la historia y la literatura, y el espíritu emprendedor.

Una educación liberal también implica cultivar un ambiente plural.   Durante la última década, en la UFM se han intensificado las discusiones entre los seguidores de Ludwig von Mises, Milton Friedman, Friedrich von Hayek, Ayn Rand y tantos otros, así como entre creyentes, ateos y agnósticos.   Estas discusiones pueden resultar incómodas, pero nos hacen crecer.  Giancarlo modela el tono humano que hace posible airear diferencias y detectar puntos de encuentro.   Nos une el amor por la libertad, pero no por ello existe una fórmula única para ser libertario.

¡Gracias, Gianca! ¡Qué alegría saber que el sello que imprimiste en la UFM ya dio y seguirá dando frutos, y que seguirás embarcándote en prometedoras aventuras que nos acerquen a esa anhelada sociedad de personas libres y responsables!

Este artículo fue publicado el viernes 16 de agosto en CEES y la revista Contra Poder.

La fotografía es tomada de la colección de fotografías de la UFM.

La conciencia está por encima de la ley

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Mahatma Gandhi dijo: “Existe una corte más alta que las cortes de justicia y ésta es la corte de la conciencia.   Suplanta a las demás cortes.” 

  • La conciencia de Edward Snowden lo llevó a violar la ley, revelando graves transgresiones a la privacidad personal cometidas por la Agencia de Seguridad Nacional (NSA).
  • Más de 170,000 jóvenes fueron reconocidos oficialmente como opositores de conciencia a la Guerra de Vietnam, mientras otros tantos quemaron sus tarjetas de reclutamiento o huyeron del país.
  • Santo Tomás Moro fue decapitado en 1535 porque se opuso al casamiento del Rey Enrique VIII con Ana Bolena.
  • En el 2011, la Universidad de Medicina y Odontología de Nueva Jersey, en Newark, amenazó con despedir a doce enfermeras si no colaboraban en abortos.  Ellas ganaron una demanda contra el hospital invocando la cláusula de conciencia.

Son admirables quienes prefieren afrontar terribles consecuencias antes que traicionar sus principios.   Algunos, como Tomás Moro, pierden la vida, en tanto quienes pueblan sociedades que respetan la libertad de conciencia corren mejor suerte.  Los guatemaltecos deberíamos contar con garantías explícitas al respecto.

Las cláusulas de conciencia son impensables en regímenes totalitarios e innecesarias en sociedades verdaderamente libres.   Los norcoreanos eran obligados a obedecer toda directriz del fallecido Kim Jong Il.  La política de un hijo de China conlleva abortos forzados, sin miramientos.   En contraste, en una sociedad libre, la gran mayoría de transacciones entre personas son voluntarias y contractuales.   Elegimos el lugar de empleo, la iglesia y las asociaciones a las cuales queremos pertenecer.

El segundo escenario es el ideal, pero dado que los gobiernos acaparan funciones y acumulan poderes, conviene contar con una cláusula de conciencia.  Los gobiernos no sólo prestan servicios directamente sino además imponen regulaciones a los oferentes privados.    Por ejemplo, el año pasado la Administración Obama aprobó una legislación que en última instancia, obliga a las clínicas operadas por cristianos que defienden la vida a suministrar productos abortivos y a realizar abortos.  Éstas no han logrado revertir la orden, a pesar de que el concepto de libertad de conciencia tiene arraigo en ese país.

Este asunto traspasa la frontera religiosa, porque no sólo las personas de fe tienen una conciencia.  La Real Academia define conciencia como una “actividad mental” y  un “conocimiento interior del bien y del mal”.   Se asocia al intelecto y no a los sentimientos.  Nuestras reacciones ante una situación concreta serán variadas porque la conciencia se forma, y porque hay personas más atentas a su voz interior que otras.

La cláusula no es una licencia para infringir daño a los demás.  Si una persona le pide a su doctor que lo mate, el médico no viola su libertad ni sus derechos al negarse.  Simplemente se abstiene de cometer un acto que aborrece.  Por otra parte, no se podría invocar la cláusula para justificar el infanticidio pues esta acción terminaría con la vida y libertad de terceros, aunque se proteste que la muerte le conviene a las víctimas.

La cláusula no debe socavar al Estado de Derecho ni alimentar una cacofonía de intempestivos caprichos.  Históricamente ha procurado la convivencia pacífica y ha servido de termómetro para evaluar la aceptación de ciertas medidas, como ocurrió con la Guerra en Vietnam.   En 1790, el presidente George Washington, opinó que “todos poseen igualmente la libertad de conciencia…el Gobierno de los Estados Unidos no otorga sanción a la intolerancia ni asiste a la persecución, requiriendo sólo que quienes viven bajo su protección se conduzcan como buenos ciudadanos.”  En Guatemala debemos hacer eco de esta idea, revalorando la dignidad humana y la libertad personal.

Este artículo fue publicado el 9 de agosto del 2013 en CEES y en la revista Contra Poder.

La foto fue alterada a partir de un perfil tomado de: http://us.cdn2.123rf.com/168nwm/oleksiy/oleksiy1303/oleksiy130300016/18728032-cabeza-en-3d-en-el-perfil-aislado-en-fondo-negro.jpg

¡Es un bebé!

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Cuando vio la fotografía de la duquesa Kate, sonriente, con su hijo George Alexander Louis en brazos, ¿pensó que ese bebé alguna vez fue algo que no fuera un bebé vivo?  ¿Fue en algún momento desde su concepción un girasol, una gallina, una “no persona” o una persona en potencia?

Los reporteros y camarógrafos aterrizaron en Londres provenientes de todas partes del mundo.  Se instalaron alrededor del Hospital St. Mary, aguardando el nacimiento de un nuevo heredero a la corona inglesa, el tercero en línea después de su abuelo Charles y su padre William.   Finalmente, el 22 de julio, se notificó a la Reina Isabel y luego al público en general que el esperado niño había arribado.  Gradualmente, nos alimentaron más datos: es varón, pesó 8 libras con 6 onzas, los australianos le obsequiaron un cocodrilo bebé y emitirán un sello postal en su honor.   En cientos de idiomas, los noticieros repiten su sonoro nombre, George Alexander Louis.  Pasan encuestas a complacidos ingleses: ¿Algún día ocupará el trono el principito George?  Sí, opina la mayoría.  En fin, la Casa de Windsor se ha peleado los titulares con la visita del Papa Francisco a Brasil, el fatídico accidente de tren cerca de Santiago de Compostela, y la creciente violencia en Egipto.

Incluso ha sido noticia el hecho que la primicia tenga alcance mundial, pues los corresponsales de diversas nacionalidades se preguntaron unos a otros porqué la realeza británica atrae la atención de franceses, kenianos, guatemaltecos y más.   La incógnita evoca reflexiones sobre la popularidad y relevancia de las distintas familias reales y la subsistencia de los regímenes monárquicos hasta el siglo XXI.

La cobertura del magno evento es además asombrosa porque se reconoció desde el inicio que en el vientre de Kate había un bebé.  Le llamaron niño o bebé.  ¡Y se alegraron por la buena nueva!  El sesgo pudo haber sido diametralmente opuesto, dadas las tendencias pro-abortistas de muchos de los reporteros y los medios que los emplean.   Imagine este titular, correspondiente al 3 de diciembre del año pasado, cuando la pareja reveló por primera vez el embarazo:   “Un producto concebido de Kate y William”.  También pudieron referirse a un bodoque de tejido, a una “no persona” o a una persona en potencia…Al fin y al cabo, sólo habían transcurrido 12 semanas de gestación.  Los periodistas tenían todavía 12 semanas más para preguntarse si George correría la suerte de los cientos de miles de fetos abortados anualmente en Gran Bretaña antes de la semana 24.  Tenían tiempo para evitar alusiones a su calidad de ser viviente humano.  Y, pasado el primer trimestre, podrían haber empleado sus términos preferidos: feto, embrión o células madre pluripotentes.

La escogencia de vocablos en este caso demuestra lo mucho que importan las palabras que usamos.  El lobby pro-aborto lo sabe, y ha inventando un sinfín de eufemismos:  “derecho a la salud reproductiva” y “terminación del embarazo” equivalen a decir aborto, pero suenan relativamente inocuos.  ¿Técnicamente, restar vida a un puñado de células es matar?  Cuando reconocemos que en el vientre materno hay una persona humana, viva, independiente de la madre, entonces notamos que se ajusta a la verdad el término asesinato.

El autor cristiano Eric Metaxas observa que estamos inmersos en una “guerra contra la santidad de la vida humana” que depende en gran medida del léxico seleccionado.  Recuerda que George Orwell lo llamó “lenguaje político”, pues “está diseñado para hacer que las mentiras parezcan verdades y el asesinato respetable, y para dar una apariencia de solidez al viento puro”.”   Concuerdo con Orwell y Metaxas que debemos esforzarnos por llamar las cosas por su nombre, y debemos  luchar por pensar y hablar la verdad.  La Guardia Real no rinde un tributo musical a cuanto niño viene al mundo, pero cada nueva vida humana nos debería maravillar.

Este artículo fue publicado el 2 de agosto en CEES y la revista Contra Poder.

La foto fue tomada del sitio Fetal Development

Lecciones de un juicio

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Algunos grupos derivan ganancias temporales de polarizar y confrontar a las personas, imputando daños permanentes a la sociedad.  A la larga, nadie gana.

En el pequeño pueblo de Sanford, en la Florida, se libró un juicio por homicidio.  El acontecimiento pudo haber pasado desapercibido al mundo, considerando que en Estados Unidos se llevan a cabo más de 15 mil procesos por asesinato al año.  No obstante, debido a una masiva cobertura mediática, el país estaba apasionadamente invertido en el litigio cuando el jurado declaró inocente a George Zimmerman el 14 de julio.   Hasta el Presidente Obama emitió opinión.  Lo comparan con el procesamiento contra el futbolista y actor O.J. Simpson, que cautivó a la sociedad americana, cual telenovela, por más de un año entre 1994 y 1995.  En aquella ocasión, el acusado y los asesinados, su ex esposa Nicole Brown y su acompañante Ronald Goldman, eran celebridades californianas.   No podemos decir lo mismo de Zimmerman y el joven afroamericano a quien mató en defensa personal, Trayvor Martin.

Martin y Zimmerman pudieron haber evitado la tragedia, obrando de forma distinta.  El vecindario es relativamente violento; ambos tenían miedo y tomaron decisiones fatídicas.  El adolescente atacó.  El señor paró cegando una vida pero no violó la ley, concluyeron las seis mujeres que integraron el jurado.  Ellas estuvieron recluidas sin ver ni oír las noticias durante el pleito.  Por ello, las impresiona la historia que hilaron los medios de comunicación y las redes sociales.

Se destilan valiosas lecciones para Guatemala de este drama.  Primero, la carta racial puede ser venenosa.  Con el afán de retratar a Zimmerman como un monstruo racista, agresivo y prejuicioso, incluso circularon fotos adulteradas del acusado y de la víctima,  haciendo ver muy corpulento y blanco a Zimmerman y muy indefenso a Martin.   En la vida real, son más o menos del mismo porte.   Zimmerman no es blanco, sino de ascendencia peruana.  Además, invitó a una amiga afroamericana a su baile de graduación y es mentor de dos niños de color.   Sensatamente, la familia del acusado decidió no inyectar el elemento hispano al debate, para no echar leña al fuego.

Este juicio desnudó los incentivos perversos de ciertos grupos que luchan contra la discriminación racial.   Irónicamente, ellos viven del racismo y lucran cuando estallan las pasiones étnicas.  En todo el mundo existen personas racistas cuyas actitudes son indignas.  Sin embargo, este caso en concreto no era una buena vitrina para exponer el odio racial.  Es irresponsable y peligroso incitar a disturbios y vandalismos en protesta por el veredicto.   Luce hipócrita porque guardan silencio sobre las decenas de jóvenes afroamericanos que durante estos meses han sido asesinados por otros negros.  ¿Qué hubiera sido de este asunto si Zimmerman fuera afroamericano?

Segundo, los medios de comunicación no son imparciales.   Los índices de audiencia aumentan cuando ventilan controversias, así que inflamaron el factor racial para provecho propio.    El abogado defensor, Mark O’Mara, dijo a los periodistas que su cliente se sentía “como un paciente que estaba siendo operado sin anestesia por científicos locos”.  No investigaron a fondo los detalles ni verificaron los hechos.  Los medios enmarcaron el juicio de tal forma que importaba menos hacer valer la ley, que resaltar los abusos de los blancos contra los negros.   Condenaron a Zimmerman antes de iniciado el juicio, y ahora desprecian la sentencia.

Tercero,  vemos que hasta en Estados Unidos se ha erosionado la presunción de inocencia.   No sé qué piense usted, pero yo espero en Dios jamás verme involucrada en un evento que llame la atención de los grupos de interés radicales, los medios sensacionalistas y los políticos electoreros.

Este artículo fue publicado el 26 de julio de 2013 en CEES y la revista ContraPoder.