La violencia nos cuesta caro

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¿Qué haría usted si tuviera Q.3,640.00 más de ingresos al año, sólo por el hecho de vivir en un país menos violento?

Los guatemaltecos sabemos que la violencia tiene un precio altísimo.  Un homicidio provoca estragos en la familia, sobre todo cuando la víctima era el jefe del hogar.  Los secuestradores y ladrones nos pueden dejar, literalmente, en la calle. Vivimos rodeados de alambre espigado, alarmas, guardias privados, talanqueras, tiendas con barrotes, carros blindados, paredes altas, perros bravos, vidrios polarizados y medicinas para los nervios; no compraríamos estas cosas si pudiéramos evitarlo.  Debido a nuestra fama internacional, los turistas e inversionistas se abstienen de viajar al país.  Compatriotas productivos emigran buscando lares serenos para asentarse.  El Gobierno, a su vez, destina millones a gastos de seguridad.  La violencia es cara, ¿pero se puede medir?

Vale la pena intentar un aproximado.  Eso hizo Jorge Benavides, autor de Costos de la Violencia en Guatemala, un estudio presentado por FUNDESA la semana pasada.  El  investigador se planteó la pregunta: ¿cuánto nos cuesta contener la violencia?  Según la metodología desarrollada por la organización Vision of Humanity para elaborar el Índice de Paz Global , se midieron factores que van desde los gastos para mantener y equipar a fuerzas de seguridad, hasta las pérdidas a la producción atribuibles al conflicto.   En el 2013, a Guatemala le costó Q53 mil 840 millones combatir la violencia, ó el 8% del Producto Interno Bruto (PIB).  Es decir, Q.3 mil 640 por cabeza.

¿Eso es mucho o poco? Guatemala es un país de riesgo medio, según el Índice de Paz Global. La edición del 2013 le otorga el puesto 109 de 162 naciones.  El país tiene un mal récord en factores como la percepción de criminalidad en la población, y el número de homicidios y crímenes violentos. La puntuación de 2.22 está más próxima a la de Afganistán, que obtuvo el último lugar con 3.44 puntos, que a la de Islandia, que encabeza la lista con 1.162 puntos.   La puntuación promedio desde el 2008 es de 2.249; se registró una leve mejora con relación a la nota recibida en el 2012 y 2011 (el peor año).

Estos datos sirven para confirmar nuestras percepciones, admitir comparaciones y asentar tendencias a través de los años, pero además nos recuerdan por lo menos tres lecciones importantes.

Primero, la guerra contra el narcotráfico es la principal generadora de violencia en la región.  La guerra en México se desborda hacia Centroamérica y el Caribe, convirtiéndola en la región más convulsionada de las Américas.  Para salvar vidas, es sensato avanzar en la descriminalización y despenalización del narcotráfico.

Segundo, el costo de oportunidad de protegernos contra la violencia es el uso alterno que podríamos haber dado a esos recursos. El estudio de FUNDESA acota que “si se redujera en 50% el costo global de combatir la violencia, se podría pagar la deuda de los países emergentes, proveer suficiente dinero para estabilizar la economía europea, y contar con los fondos adicionales requeridos para alcanzar los objetivos de desarrollo del milenio antes de 2015.”  Lo mismo aplica al caso concreto de Guatemala.

Tercero, se necesitan fondos para combatir la violencia, y paz para prosperar.  El desarrollo y la paz están íntimamente ligados, en dos vías.

Un corolario de esta realidad es que, como afirmó el Barón de Montesquieu en 1750, “la paz es un efecto natural del comercio”.  Un estudio por Polachek y Seiglie (2006) confirmó la intuición del filósofo francés.  Los autores concluyen que los países que intercambian unos con otros cooperan más de lo que pelean, y llegan a afirmar que la beligerancia se puede reducir en un 20% cuando se duplica el volumen de comercio.

Este artículo fue publicado el 19 de julio del 2013 en CEES y en la revista Contra Poder.

La foto es una obra de arte exhibida en Glasstress, IED, Venecia.  Son cascos militares de vidrio.  Autor desconocido.

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Altruismo patológico

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¿Alguna vez ha sentido remordimiento al dar limosna a un mendigo, intuyendo que con ese acto que le hace más daño que bien?  Nos justificamos: me vio a la cara y me enjutó el corazón, peor es pasar por indiferente, no me corresponde convertirme en el buen samaritano y asumir la responsabilidad completa.  Es relevante la pregunta: ¿hay altruismos malos?

Seguramente usted recuerda por lo menos una instancia en la cual un acto bien intencionado produjo resultados negativos.  Por ejemplo, son frecuentes los informes sobre programas gubernamentales o la cooperación internacional que redundan en ineficiencias, despilfarro, corrupción o resultados deplorables.  No olvidamos las fotos de 2008 de haitianos muertos de hambre, mientras toneladas de alimentos donados se descomponían en los puertos, debido a la ineptitud de las autoridades y a regulaciones excesivas.  Según el grupo AIDMonitor, ocho de los nueve países que más fondos reciben de Estados Unidos también aparecen en el listado de los países más corruptos del mundo, incluyendo Uganda y Paquistán.   Grecia, que recién protagonizó una publicitada crisis de deuda, aún colabora en programas para ayudar a otros países.

Solamente en el 2012, los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) dieron 125.6 mil millones de dólares estadounidenses en cooperación internacional.  La llamada “industria de la pobreza” emplea a alrededor de 250,000 personas directamente.  Entre el 2005 y el 2009, Guatemala recibió $495 millones en asistencia oficial para el desarrollo de 33 países donantes y 12 fuentes multilaterales.  Estas cifras revelan lo arraigada que está la noción del “gobierno altruista”, pero también invitan a reflexionar sobre la ausencia de espectaculares éxitos. ¿Dónde está la economía modelo que floreció merced a tales transferencias?  ¿Y el plan estrella que se replica por doquier?   En cambio, nos explican que la lucha contra la pobreza es entorpecida por fondos insuficientes y factores fuera del control del gestor.  Se tilda de radicales a las voces críticas, como la de Dambisa Moyo, economista de Zambia y autora de Muerte a la Ayuda.  Ella sostiene que la asistencia para el desarrollo es pésima porque alimenta la corruptela y la dependencia de los supuestos beneficiarios.

No obstante lo anterior, es impopular cuestionar el concepto de cooperación internacional.  Así mismo, es políticamente incorrecto confrontar el altruismo en general.   Los biólogos y los evolucionistas dicen que es una conducta aprendida a través de los años.   De niños nos enseñan que la generosidad es una loable virtud, y sin duda lo es.  Quizás sea el valor más exaltado por la Generación Milenio, dicen los encuestadores, pues un altísimo porcentaje de los jóvenes dona su tiempo al voluntariado en diversos esfuerzos humanitarios.  Según la investigadora Barbara Oakley, el altruismo es prácticamente una nueva religión.

Nadando contra corriente, la Dra. Oakley estudió los efectos no intencionados del altruismo en su recién publicado “Conceptos e implicaciones del prejuicio altruista y del altruismo patológico”.   Ella define una persona patológicamente altruista como alguien que sinceramente desea realizar el bien, pero que hace daño de tres formas posibles.  Puede perjudicarse a si mismo, al individuo o grupo que desea ayudar, o a terceros que no están en su mira pero que salen damnificados por su acción.   Una madre sobreprotectora que rechaza cualquier comentario crítico respecto de su hijo, o una novia que se resiste a dejar al novio abusador, son dos casos que caben dentro de esta definición.

Su trabajo está orientado a psicólogos y especialistas, pero también nos deja lecciones a nosotros.  Nos aconseja evitar el autoengaño y emplear un filtro racional en lugar de dejarnos llevar por sentimentalismos y emociones.  Tanto a nivel público como a nivel privado, aunque no sea inmediatamente obvio, podríamos hacer el mal y no el bien.

Este artículo fue publicado el 12 de julio en CEES y en la revista Contra Poder.

La foto es una porción de una gran obra escultórica por Berlinde De Bruyckere, titulada “Cripplewood”, exhibida en la Bienal de Arte de Venecia.  Es un madero hecho de cera, hierro, pintura, madera, tela y otros materiales.

El mundo de Orwell cobra vida

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En Estados Unidos, la constitución garantiza la libertad de expresión; existen leyes protectoras de los delatores (whistleblowers) que reportan conductas reñidas con la ley.  ¿Porqué, entonces, Edward Snowden sintió la necesidad de huir de su patria, luego de revelar la existencia del masivo programa de espionaje PRISM?

El gobierno de Estados Unidos vigila a sus ciudadanos y a extranjeros a través de un sistema de espionaje clandestino por Internet y por teléfono. El proyecto PRISM involucra a cien empresas, incluyendo a Microsoft y Facebook, que colaboran con la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) y la Agencia de Inteligencia de Estados Unidos (CIA).  Aunque PRISM fue autorizado por una corte federal, es ilegal y viola la libertad y privacidad de las personas.

Aún así,  nuestra atención fue desviada hacia la cacería para atrapar al soplón, Edward Snowden.  Él salió de Hong Kong a Rusia, y quizás pare en Ecuador.   Posiblemente pida asilo político en uno de estos países.  Para mientras, arriba de un millón de sus compatriotas firmaron peticiones solicitando que se le otorgue un indulto, pero la Administración Obama hace caso omiso.  Revocó su pasaporte, lo llama desertor y traidor, y se prepara para acusarlo formalmente.  Snowden huyó porque conocía el maltrato que sufrieron otros delatores estadounidenses antes que él.

Edward Snowden se parece a Winston Smith, el protagonista de la novela 1984 por George Orwell, aunque luce más despierto y estable emocionalmente.  En el lúgubre futuro descrito por Orwell, reina la hipocresía y la mentira.   No hay recuerdo alguno del concepto de dignidad de la persona, nadie sabe qué es privacidad o independencia.  Las emociones están prohibidas.  Nadie es inocente en el régimen de Franja Aérea 1, el estado post-Gran Bretaña; todos son sospechosos y vigilados.  Rige un gobierno policíaco, encabezado por Gran Hermano, quien puede o no existir.  Smith intuye que algo anda mal y se rebela a pesar de laborar en el Ministerio de la Verdad,  encargado de generar propaganda y reescribir la historia.  Cree poseer espacios no intervenidos, dentro de su cabeza y en un escondite, pero está equivocado.  Él y su amante Julia son capturados, encarcelados y torturados por la Policía del Pensamiento.  Al final de la novela, Smith, convertido en un alcohólico, estima amar a Gran Hermano.  Coincido con la autora Sarah Skwire que lo más espeluznante de 1984 es la absoluta eficiencia del gobierno espía, pues si la autoridad fuera incompetente, Smith podría evadir la constante observación.

Como Smith, Snowden era parte del problema: tenía un buen empleo en Hawaii con Booz Allen Hamilton, manejando datos para la NSA.  Podría haberse acoplado a la mentalidad dominante en su oficina, según la cual todos somos potenciales terroristas y por ello, el gobierno tiene derecho a expurgar nuestra información vital.  Pero sacrificó su empleo y su vida personal.  Otro soplón, Peter Van Buren, afirma que es una cuestión de consciencia, pues el delator “encuentran algo tan horrible, inconstitucional, despilfarrador, fraudulento o mal administrado que se siente compelido a decir algo.”  Piensa en contar la verdad antes que en sus propias circunstancias. Winston no conoce la libertad, Snowden sí. No quiere vivir en un mundo poblado por personas que han trocado cuotas de libertad por promesas de seguridad, como en la Franja Aérea 1.

Este suceso es más que una entretenida historia de suspenso.  Muchos gobiernos, incluidos los que están dispuestos a brindar asilo a Snowden, y el nuestro, tienen programas de escuchas telefónicas y más.  Aunque la gran mayoría de los ciudadanos vivamos tranquilos porque no tenemos nada que ocultar, no está de más recordar la advertencia que hizo una vez el jefe de la policía estalinista, Lavrenti Beria: “Enséñame al hombre y te encontraré el crimen.”   Un estado policíaco puede hacernos ver como malhechores cuando así lo desee.

Publicado originalmente en la Revista Contra Poder  y en CEES el viernes 5 de julio del 2013

Mi inspiración fueron dos artículos del Foundation for Economic Education (FEE), le recomiendo visitar los enlaces.

La foto es compuesta de dos imágenes adaptadas del Internet: http://www.newspeakdictionary.com/go-movie.html yhttp://www.csmonitor.com/USA/2013/0609/Edward-Snowden-NSA-leaker-reveals-himself-expects-retribution

Mercaderes de conflicto

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Estamos envueltos en un torbellino de conflictividad.  Convivimos con mercaderes del conflicto que se benefician de perpetuar y exacerbar la violencia.  ¿Qué podemos hacer?

Otro episodio de violencia en nuestro atribulado país: el 13 de junio masacraron a ocho policías en Salcajá, Quetzaltenango.  Días antes, el Instituto Nacional de Ciencias Forenses (Inacif) anunció que se registraron 9.95% más asesinatos de enero a mayo de 2013, que durante el mismo tiempo en el 2012. Tememos el día, no tan lejano, en que el Índice de Estados Fallidos rebaje a Guatemala de la categoría “en peligro” a la peor clasificación, “en alerta”, junto con Somalia, la República Democrática del Congo y otros países ingobernables.

Los panelistas y los asistentes a un foro auspiciado por la Fundación Friedrich Naumann discutimos acerca de la conflictividad social.  (¿Acaso no todo conflicto es,  por definición, social?)  Acordamos que el marco institucional debe ser fortalecido.  Los choques de intereses entre los miembros  de una sociedad son inevitables.  Es más, si las decisiones son de índole colectiva, no se satisfacen las preferencias disímiles de todos los ciudadanos afectados por la medida.  Sin embargo, las personas logran resolver disputas sin agredirse cuando las reglas son claras y se hacen valer, y cuando se minimizan los abusos de poder y la arbitrariedad.

Por ejemplo, las civilizaciones occidentales encontraron que la propiedad privada es una institución reductora de la conflictividad.  Tanto el dueño como los demás saben cómo comportarse con relación al bien poseído; es factible negociar pacíficamente con base en los derechos ampliamente reconocidos a unos y otros.  En cambio, es prácticamente imposible descubrir una salida armoniosa cuando desconocemos quién tiene derecho a qué y bajo cuáles condiciones, o cuando los derechos no son defendibles contra amenazas por terceros.

Incluso cuando las reglas son eficaces, los mercaderes del conflicto representan una amenaza grave.  ¿Quiénes son?  Están los que lucran de la rebelión, y quienes, por operar al margen de la ley, protegen por la fuerza su forma de vida.  Están los que creen firmemente que “la violencia es la partera del nuevo sistema social”.   Ellos conducen nuestro barco al ojo de la tormenta; entre más altas y frecuentes sean las olas, mejor, porque sólo así estaremos dispuestos a prescindir del dinero, eliminar la propiedad privada y abolir las clases sociales.  Muchos extranjeros, portadores de estos lentes ideológicos, azuzan a los guatemaltecos.  En algunos casos, no desean injerir ellos la poción que nos venden a nosotros; retornan a la comodidad de sus democracias liberales cuando aquí se pone colorada la situación.   Finalmente, existen los oportunistas que buscan ganancia en río revuelto, incluyendo a los políticos que se auto proclaman capaces de restaurar la paz. Yo no incluiría en esta lista a quienes, debido a nuestra convulsionada realidad, usan la violencia para defender a su vida y sus familias de ataques en su contra.

Hemos visto en otros países latinoamericanos y en el nuestro, la unión de conveniencia entre algunos o todos estos actores antisociales.  Robustecer las instituciones de paz se convierte en una tarea titánica debido a estas alianzas, y ya por si misma es una tarea ardua.

¿Cuál es la mejor estrategia para disminuir el impacto de los mercaderes de violencia?  ¿Se puede negociar con alguien que no anhela la paz? ¿Con algunos, o con todos?  ¿Y qué les concederemos en la mesa de negociación? ¿Podemos ignorarlos, e intentar fortalecer el Estado de Derecho a pesar de sus acciones? ¿Podemos expulsar a los extranjeros revoltosos?  No sé las respuestas, pero discutamos las preguntas.  Para recuperar la paz (social), debemos cambiar los incentivos que imperan sobre estos grupos.
Publicado en la Revista Contra Poder y en el blog del CEES el viernes 28 de junio del 2013

Foto tomada del sitio: http://www.cbc.ca/gfx/images/news/photos/2009/10/07/w-imf-protest-cp-RTXPDW1.jpg