¡Hasta pronto, Siglo 21!

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Durante quince años, este espacio ha sido como un hogar semanal.  Hoy me despido de Siglo 21, e inicio una nueva aventura escribiendo para la revista Contra Poder.    Le doy gracias al equipo editorial por su trato cordial y la absoluta libertad para expresar mis opiniones.  Ante todo, agradezco la oportunidad de mantener un diálogo abierto con Usted, lector, pues ha sido un continuo y enriquecedor aprendizaje.

Con nostalgia, releí algunas columnas antiguas.  Me percaté que debo confesarle tres cosas.  La primera es que he redactado más de 780 artículos en este matutino.  Empecé formalmente en 1995, escribiendo bajo pseudónimo, con un compromiso quincenal.  Desde esa época me inquietaba la batalla de las ideas,  principalmente la pugna histórica entre la tradición clásico-liberal y  la tesis colectivista.   Tenía un poco de miedo de sufrir alguna represalia violenta por mis convicciones, y no era para menos, pues compartía las páginas con valientes y combativas plumas: Hugo Arce, Lionel Toriello y José Rubén Zamora, entre otros.   Lamentablemente ya no recuerdo mi nom de plume, masculino, ni encontré copias de esas primeras columnas.  Sí apareció una contribución extraordinaria larguísima, publicada en agosto de 1991 (con mi nombre).   Se titula “Sobre el optimismo económico (Respuesta positiva a José Rubén Zamora)”.   ¡Con cierta ingenuidad, explico a Zamora la lección del escaparate roto de Henry Hazlitt y lo felicito por facilitar el intercambio de las ideas!

Mi segunda confesión es que quebranté una especie de promesa personal, pues inicialmente me propuse enfocar temas económicos y políticos de relevancia nacional.  Sin embargo, gradualmente fui revelando anécdotas familiares.   Conté sobre el susto que me produjo una hija, entonces de seis años, cuando anunció que aspiraba a ser cantante, y sobre la pena que pasé cuando otra hija acaparó los dulces en una piñata.  Narré mis peripecias haciendo el nacimiento junto con los niños pequeños.   También compartí mi reencuentro con la fe católica.   Me sorprendió la favorable respuesta a estos retazos de cotidianeidad.   Cada cierto tiempo, amigos me preguntan si todavía tengo por allí un artículo navideño sobre San Nicolás; otra amiga sonríe recordando que a mi hijo menor le gustaba el color morado.

Finalmente, confieso que el mayor reto de ser columnista es también la mayor alegría, y es que cada semana encaramos una hoja en blanco.  Al igual que ocurre a los cristianos en nuestra vida interior, se nos regala la oportunidad de comenzar y recomenzar, una y otra vez.   La reiteración no hace más fácil el ejercicio.  Siempre es posible una formulación más convincente y una defensa más pulida de los principios que enarbolamos.   Mi experiencia parece validar la reflexión del periodista y novelista Ernest Hemingway: “todos somos aprendices de un arte del cual nadie jamás se vuelve maestro.”   Así que seguiré picando piedra en la revista Contra Poder y en mi blog, Nota Bene: https://carrollrios.wordpress.com.  Nos vemos allí, estimado lector.  ¡Gracias!

Publicado el 12 de junio del 2013 en Siglo 21.

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