El abortista carnicero

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El 15 de mayo fue condenado a cadena perpetua el Dr. Kermit Gosnell, por haber asesinado a una mujer y a tres bebés abortados pasadas las veinte semanas desde su concepción.   El jurado escuchó horrorizado cómo el Dr. Gosnell mataba a los bebés que nacían vivos:  introducía una tijeras en la nuca para cortar la espina dorsal.   En su clínica, ubicada en un barrio pobre de Filadelfia, los investigadores encontraron sangre en las paredes y cuerpecitos humanos en frascos.   El doctor contrataba a personas no calificadas como anestesistas y enfermeras.  Pese a que se habían presentado varias denuncias contra la clínica a lo largo de los años, ésta permaneció abierta alrededor de veinte años.

Los médicos dicen que un bebé es viable, es decir que puede sobrevivir fuera del útero, a partir de la semana veinte o veintiuno de gestación.  Sigue siendo ilegal o difícil abortar a un bebé en esta etapa tardía en la mayoría de países donde la práctica es legal.  De allí que se haya condenado al abortista por la muerte de estos pequeños.  Pero viendo la cosa fríamente, y considerando el número de mujeres que operó diariamente durante dos décadas, Gosnell es realmente un asesino en serie.  Es culpable de miles de muertes.

Lo más espeluznante de este caso es el entumecimiento moral que produce la cultura de la muerte.   El movimiento pro-aborto en Estados Unidos dice que la lección a aprender de este caso es que el aborto debería ser legal en cualquier etapa del embarazo.   Consideran demasiado restrictivas las condiciones para abortar a bebés viables.   Llanamente demandan que sea permitido matar a gusto, en clínicas limpias, cómodas y subsidiadas.

Siguiendo esta lógica de la conveniencia hasta sus consecuencias extremas, ¿porqué no legalizar también el asesinato de niños de cinco años, ancianitos, enfermos mentales, y cualquier otra persona que nos resulta fastidiosa en un momento dado?  ¿Porqué detenernos sólo en justificar el homicidio de neo-natos?

La verdadera lección del caso Gosnell es que el respeto a la vida se ha erosionado aceleradamente.   Solíamos considerar toda vida humana como sagrada.   Toda existencia, no sólo algunas: desde la vida de una criatura indeseada o no planificada hasta la de un minusválido y una viejita.  Es cínico quitarle la vida a otro ser humano, apelando a un discurso que tergiversa los términos “libertad” y “derechos”.  La verdadera libertad implica asumir con responsabilidad las consecuencias de los propios actos.  Nuestros derechos no pueden construirse atropellando el derecho ajeno.

A la luz de estos acontecimientos, constituye una ventaja que la constitución de Guatemala proteja la vida desde la concepción y que el Presidente Otto Pérez se oponga públicamente al aborto.  Sin embargo, las organizaciones internacionales pro-aborto estiman que se practican aproximadamente 65,000 abortos anuales en el país.  No sé qué tan confiable sea este dato, pero es indicativo que debemos recorrer un arduo camino para fortalecer la cultura de la vida en nuestro país.

Publicado el 5 de junio del 2013 en Siglo 21.

La foto que ilustra este artículo es del sitio Medicinenet.com.  Vea otras fotos allí.

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