Defina Justicia Social

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¿Está Usted a favor de la justicia social?  Si pausa unos segundos antes de responder, le lloverán epítetos tan detestables como discriminador, egoísta, desalmado o antidemocrático.   El eslogan es el Superman de la retórica, el as que sella cualquier discusión, porque nadie defiende la injusticia, ni desea ser percibido como antisocial.

En Guatemala, como en el resto de América Latina, los dirigentes y los generadores de opinión pública se ven obligados a enarbolar la justicia social.  No hacerlo sería suicida.   Sin embargo, titubeamos si nos exigen una definición exacta de la frase.  Parece un enorme paraguas que cobija a diferentes políticas públicas, desde precios tope para la gasolina y la legalización del aborto, hasta regulaciones para frenar el calentamiento global (justicia climática).   Es más preciso preguntar: ¿cuál de los significados de justicia social suscribe Usted?

Puede elegir su sabor favorito del siguiente menú, o elaborar un brebaje propio.  Los primeros tres significados le resultarán más familiares que los dos restantes.

1. La agenda progresista:  En sus orígenes, el programa esbozado por la socialdemocracia y la centroizquierda se centró en temas laborales y políticos, pero ahora abarca un abanico de reclamos progresistas.  De esa cuenta, las más variopintas medidas se encasquetan la camiseta de la justicia social, expresión relacionada con estas corrientes políticas desde el inicio.

2. La equidad:  El proceso de nivelación para hacernos iguales también recibe el nombre de justicia social.   Trasciende la igualdad en dignidad o en derechos ante la ley, pues sostiene que todos merecemos acceder a las mismas cosas, que deberíamos tener idénticos ingresos, posesiones materiales y estatus social.   El filósofo John Rawls equiparó la justicia con la ecuanimidad (fairness). Así, la vara de la equidad determina lo que es justo o injusto.

3.  La redistribución:  Al gobierno se asigna, como prioridad, la tarea de enmendar la distribución natural o de mercado, redistribuyendo la riqueza, idealmente, hacia ciudadanos necesitados.  En este sentido, justicia social es quitar a unos para dar a otros.

4. El populismo peronista-fascista: En el emblema de Benito Mussolini figuraban las “fasces” que portaban los litorales o escoltas de los magistrados romanos, explica el columnista Alejandro Chafuen.  Las fasces son, pues, símbolo de justicia.  Cuando fundó el Partido Justicialista en 1947, Juan Domingo Perón seguía el consejo de su admirado Mussolini de renombrar el fascismo.  Desde entonces, asociamos el populismo, no con autoritarismo, sino con justicia social.

5.  La justicia general:  Quien acuñó la frase justicia social fue el jesuita Luigi Taparelli d’Azelgio (1793-1862). Ni en el tratado sobre derecho natural de Taparelli, ni en escritos posteriores de la Iglesia, se habla de la redistribución. Más bien resucita el concepto de justicia general, de justicia como virtud, presente en la tradición aristotélica de Santo Tomás de Aquino.  Aquí la justicia tiene que ver con el trato que nos debemos unos a otros, y con las condiciones sociales propicias para el florecimiento de la persona humana.   El bienestar material y espiritual del individuo implica el bienestar de la colectividad.   Velar por el bien común no es análogo, por lo tanto, a liderar planes redistributivos coactivos.

Este menú es revelador, aunque no exhaustivo.   Evidentemente, las primeras tres acepciones se mezclan; se aboga en un aliento por programas redistributivos y progresistas, que procuren la equidad.   La nebulosidad es aliada del discurso político.  Si el votante asocia la justicia social únicamente con bellas intenciones, el político sale favorecido.  Mas cuando llegue al poder, no creará un marco institucional abierto y libre dentro del cual cada persona pueda superarse, sino buscará un resultado particular, colectivo.  Necesito profundizar más en el tema, pero por de pronto, sólo Taparelli me persuade.  ¿Y a Usted?

Publicado en Contra Poder y en CEES el viernes 21 de junio del 2013.

No queremos cuotas

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Por sus eufemismos y ambigüedades, parecen campos minados las dos convenciones que aprobó la 43 Asamblea General de la OEA la semana pasada en Antigua, Guatemala.   Hicieron bien Guatemala y Chile en poner reservas.    Las mujeres podríamos salir más damnificadas que beneficiadas de las políticas públicas predilectas por la comunidad política internacional.

En foros políticos se suele lamentar la reducida participación de mujeres en las empresas y las dependencias públicas.  La recién concluida Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA) no fue la excepción.   “Los Estados Partes se comprometen a formular y aplicar políticas que tengan por objetivo el trato equitativo y la generación de igualdad de oportunidades para todas las personas,”  reza el artículo 6 de la Convención Interamericana contra el Racismo, la Discriminación Racial y Formas Conexas de Intolerancia.  Sensatamente, la Administración Pérez Molina no firmó la convención, pero debemos permanecer alerta porque la presión internacional persistirá.

En estos ambientes, la cuota obligatoria es la política pública preferida.  Noruega, España, Islandia y Francia ya establecieron cuotas de género.  Algunos grupos cabildean para que la Unión Europea apruebe una directiva exigiendo que las mujeres ocupen el 40% de los cargos directivos en las empresas cuyas acciones se cotizan en la bolsa.   La principal justificación para dicha imposición es que ahora sólo 13% de dichos puestos son ejercidos por damas, y que el avance hacia la equidad es demasiado lento en ausencia de regulaciones.

Estas medidas bien intencionadas resultan perjudicando a sus supuestas beneficiarias.  Un estudio de la Universidad de Michigan (2011) concluyó que la aprobación de la ley en Noruega provocó una baja inmediata en el valor de las acciones de las empresas y un continuado declive en el tiempo.  La cuota significó “juntas directivas más jóvenes y menos experimentadas y un rendimiento operativo menor, consistente con directivas menos capaces.”  (webuser.bus.umich.edu/adittmar/NBD.SSRN.2011.05.20.pdf‎)  Tras analizar el mismo caso noruego, la autoproclamada feminista por la equidad, Christina Hoff Sommers, rechazó las cuotas de género porque son “denigrantes para la mujer, dañinas a las compañías, y una ofensa al sentido común.”  (www.aei.org/article/society-and-culture/the-case-against-gender-quotas/‎)

Imagine que se postulan cuatro candidatos a un cargo directivo en una empresa: tres hombres y una mujer.  La ley obliga a la empresa a contratarla a ella, aunque los tres hombres estén mejor preparados para desempeñar el trabajo.    Sus jefes y colegas resentirán el hecho de tener que emplearla, pues objetivamente no conviene a la compañía.  Peor aún: la persona contratada sabrá que no fue elegida por mérito propio.  Aunque eventualmente llegue a merecer aquello que obtuvo a la fuerza, el daño está hecho.  Las cuotas de género discriminan a los candidatos hombres y también a las féminas que pueden alcanzar la cima sin favores.

No importa cuan capaces sean las profesionales que entren al mercado, serán estigmatizadas por las cuotas.   Serán tratadas como beneficiarias de una ventaja inmerecida.   Conceder privilegios a unas mujeres no corrige los abusos cometidos contra otras personas en épocas pasadas; como repetían nuestras abuelas, dos males no hacen un bien.   Para colmo, las cuotas de género alimentan una insidiosa tesis: minusvaloran los aportes a la sociedad que realizan aquellas ciudadanas que no son políticas ni ejecutivas.  En la historia de la humanidad, han sido altamente productivas incontables mujeres anónimas, valientes y fuertes, aún cuando realizan labores no remuneradas.  No necesitamos ser vistas y oídas para impactar positivamente en nuestro medio.

La equidad obtenida a través del pesado mazo gubernamental es una engañosa canción de sirena, no sólo para la mujer, sino para la creciente lista de grupos que navegan bajo la bandera de víctimas.

Publicado el 14 de junio del 2013 en Contra Poder y en CEES.

La foto es de una manifestación pacífica frente al Hotel Casa Santo Domingo en Antigua, Guatemala, con motivo de la 43 Asamblea General de la OEA.  La foto circuló en facebook y la tomó una amiga anónima.

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Al poco tiempo de someter este artículo a publicación, me enteré que Christina Hoff S. acaba de publicar un nuevo libro, Freedom, Feminism and Why it Matters Today.  Quiere retomar el término feminismo.  Puede leer más al respecto en el Acton Institute Blog.

¡Hasta pronto, Siglo 21!

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Durante quince años, este espacio ha sido como un hogar semanal.  Hoy me despido de Siglo 21, e inicio una nueva aventura escribiendo para la revista Contra Poder.    Le doy gracias al equipo editorial por su trato cordial y la absoluta libertad para expresar mis opiniones.  Ante todo, agradezco la oportunidad de mantener un diálogo abierto con Usted, lector, pues ha sido un continuo y enriquecedor aprendizaje.

Con nostalgia, releí algunas columnas antiguas.  Me percaté que debo confesarle tres cosas.  La primera es que he redactado más de 780 artículos en este matutino.  Empecé formalmente en 1995, escribiendo bajo pseudónimo, con un compromiso quincenal.  Desde esa época me inquietaba la batalla de las ideas,  principalmente la pugna histórica entre la tradición clásico-liberal y  la tesis colectivista.   Tenía un poco de miedo de sufrir alguna represalia violenta por mis convicciones, y no era para menos, pues compartía las páginas con valientes y combativas plumas: Hugo Arce, Lionel Toriello y José Rubén Zamora, entre otros.   Lamentablemente ya no recuerdo mi nom de plume, masculino, ni encontré copias de esas primeras columnas.  Sí apareció una contribución extraordinaria larguísima, publicada en agosto de 1991 (con mi nombre).   Se titula “Sobre el optimismo económico (Respuesta positiva a José Rubén Zamora)”.   ¡Con cierta ingenuidad, explico a Zamora la lección del escaparate roto de Henry Hazlitt y lo felicito por facilitar el intercambio de las ideas!

Mi segunda confesión es que quebranté una especie de promesa personal, pues inicialmente me propuse enfocar temas económicos y políticos de relevancia nacional.  Sin embargo, gradualmente fui revelando anécdotas familiares.   Conté sobre el susto que me produjo una hija, entonces de seis años, cuando anunció que aspiraba a ser cantante, y sobre la pena que pasé cuando otra hija acaparó los dulces en una piñata.  Narré mis peripecias haciendo el nacimiento junto con los niños pequeños.   También compartí mi reencuentro con la fe católica.   Me sorprendió la favorable respuesta a estos retazos de cotidianeidad.   Cada cierto tiempo, amigos me preguntan si todavía tengo por allí un artículo navideño sobre San Nicolás; otra amiga sonríe recordando que a mi hijo menor le gustaba el color morado.

Finalmente, confieso que el mayor reto de ser columnista es también la mayor alegría, y es que cada semana encaramos una hoja en blanco.  Al igual que ocurre a los cristianos en nuestra vida interior, se nos regala la oportunidad de comenzar y recomenzar, una y otra vez.   La reiteración no hace más fácil el ejercicio.  Siempre es posible una formulación más convincente y una defensa más pulida de los principios que enarbolamos.   Mi experiencia parece validar la reflexión del periodista y novelista Ernest Hemingway: “todos somos aprendices de un arte del cual nadie jamás se vuelve maestro.”   Así que seguiré picando piedra en la revista Contra Poder y en mi blog, Nota Bene: https://carrollrios.wordpress.com.  Nos vemos allí, estimado lector.  ¡Gracias!

Publicado el 12 de junio del 2013 en Siglo 21.

Educar para el futuro

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La calidad educativa es importante.  Los padres de familia y los directores de colegio quieren conocer el desempeño de un centro escolar en relación con otros.  Pero a estas alturas del partido no basta hacer bien lo que hacemos: urge innovar.

El autor y consultor en educación, Ken Robinson, es contundente:  “Dados los retos que enfrentamos, la educación no necesita ser reformada—necesita ser transformada.  La clave para esta transformación no es estandarizar la educación, sino personalizarla, para construir el éxito sobre el descubrimiento de los talentos individuales de cada niño, para ubicar a estudiantes en un ambiente donde quieran aprender y donde puedan descubrir naturalmente sus verdaderas pasiones.”

Esta reflexión trajo a mi memoria una excursión que hice con mi clase de secundaria a la Antigua.  En uno de los museos que visitamos, habían recreado un aula colonial, con tiesos maniquís haciendo las veces del catedrático y sus pupilos.  Nuestro profesor de estudios sociales nos explicó que el Obispo Francisco Marroquín fundó el Colegio Universitario Santo Tomás en 1562.  Mediaban más de cuatrocientos años entre nuestra promoción y la clase allí representada, pero la disposición de los muebles en el salón era parecida.  El maestro estaba en una especie de púlpito, mientras los estudiantes se sentaban o paraban en filas rectas, en bancas, viendo hacia el frente.

Giancarlo Ibárgüen, rector de la Universidad Francisco Marroquín, describe dicho esquema como autoritario porque los estudiantes son pasivos receptores ante la autoridad docente.   El modelo prusiano-industrial, rutinario e impersonal, mantuvo la jerarquía.  Este paradigma se consolidó en el Siglo XIX y rige la educación pública en masa en muchísimos países hasta el día de hoy.  Un timbre parte el día en períodos; el contenido curricular es inflexible.  En 1917, el autor y educador Ellwood P. Cubberley, afirmó:  “nuestras escuelas son… fábricas en las cuales los productos crudos (los niños) son moldeados y convertidos en productos capaces de afrontar las demandas de la vida.”   La enseñanza uniforme no incentiva la creatividad y el pensamiento crítico.

¿Porqué la innovación parece eludir la arena académica? ¿Por qué las recomendaciones de María Montessori y otros pedagogos visionarios han tardado en popularizarse?

Es natural resistirse al cambio.  La mayoría de los padres y los maestros de hoy fuimos educados bajo la concepción colonial-prusiana-industrial.  Nos asusta la transformación propuesta por Robinson porque nos cuesta imaginar esa aula nueva.

Los intereses creados son obstáculos más difíciles de vencer.  Una transformación impondría altos costos a las autoridades y al magisterio que controlan el sistema burocrático actual.

Douglas Thomas y John Seely Brown, autores de Una nueva cultura del aprendizaje (2011) dicen que en el Siglo XXI, el ambiente de aprendizaje será dinámico, y los participantes estarán “constantemente construyendo, creando y participando en redes masivas.”   Conectados al resto del mundo, los estudiantes accesarán datos, intercambiarán impresiones y evaluarán su propio desempeño, entre otras cosas.

En un país como el nuestro, difícilmente veremos una reforma integral desde la cúpula, pero sí podríamos flexibilizar y liberar el sistema de educación nacional.  Los colegios tradicionales, públicos y privados, pueden coexistir con otros experimentales.   Podrían proliferar alternativas artísticas, tecnológicas, solidarias, semi-presenciales, a distancia y más.   Las buenas prácticas y la excelencia serían producto de la competencia entre diversos modelos educativos.

Publicado el 7 de junio del 2013 en Contra Poder.

La fotografía es tomada del sitio Medieval Classroom

El abortista carnicero

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El 15 de mayo fue condenado a cadena perpetua el Dr. Kermit Gosnell, por haber asesinado a una mujer y a tres bebés abortados pasadas las veinte semanas desde su concepción.   El jurado escuchó horrorizado cómo el Dr. Gosnell mataba a los bebés que nacían vivos:  introducía una tijeras en la nuca para cortar la espina dorsal.   En su clínica, ubicada en un barrio pobre de Filadelfia, los investigadores encontraron sangre en las paredes y cuerpecitos humanos en frascos.   El doctor contrataba a personas no calificadas como anestesistas y enfermeras.  Pese a que se habían presentado varias denuncias contra la clínica a lo largo de los años, ésta permaneció abierta alrededor de veinte años.

Los médicos dicen que un bebé es viable, es decir que puede sobrevivir fuera del útero, a partir de la semana veinte o veintiuno de gestación.  Sigue siendo ilegal o difícil abortar a un bebé en esta etapa tardía en la mayoría de países donde la práctica es legal.  De allí que se haya condenado al abortista por la muerte de estos pequeños.  Pero viendo la cosa fríamente, y considerando el número de mujeres que operó diariamente durante dos décadas, Gosnell es realmente un asesino en serie.  Es culpable de miles de muertes.

Lo más espeluznante de este caso es el entumecimiento moral que produce la cultura de la muerte.   El movimiento pro-aborto en Estados Unidos dice que la lección a aprender de este caso es que el aborto debería ser legal en cualquier etapa del embarazo.   Consideran demasiado restrictivas las condiciones para abortar a bebés viables.   Llanamente demandan que sea permitido matar a gusto, en clínicas limpias, cómodas y subsidiadas.

Siguiendo esta lógica de la conveniencia hasta sus consecuencias extremas, ¿porqué no legalizar también el asesinato de niños de cinco años, ancianitos, enfermos mentales, y cualquier otra persona que nos resulta fastidiosa en un momento dado?  ¿Porqué detenernos sólo en justificar el homicidio de neo-natos?

La verdadera lección del caso Gosnell es que el respeto a la vida se ha erosionado aceleradamente.   Solíamos considerar toda vida humana como sagrada.   Toda existencia, no sólo algunas: desde la vida de una criatura indeseada o no planificada hasta la de un minusválido y una viejita.  Es cínico quitarle la vida a otro ser humano, apelando a un discurso que tergiversa los términos “libertad” y “derechos”.  La verdadera libertad implica asumir con responsabilidad las consecuencias de los propios actos.  Nuestros derechos no pueden construirse atropellando el derecho ajeno.

A la luz de estos acontecimientos, constituye una ventaja que la constitución de Guatemala proteja la vida desde la concepción y que el Presidente Otto Pérez se oponga públicamente al aborto.  Sin embargo, las organizaciones internacionales pro-aborto estiman que se practican aproximadamente 65,000 abortos anuales en el país.  No sé qué tan confiable sea este dato, pero es indicativo que debemos recorrer un arduo camino para fortalecer la cultura de la vida en nuestro país.

Publicado el 5 de junio del 2013 en Siglo 21.

La foto que ilustra este artículo es del sitio Medicinenet.com.  Vea otras fotos allí.

¡Distorsionada imagen!

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¿Quién labró la imagen dominante de Guatemala en el extranjero?  Esa imagen de dos bandos definidos, los malvados opresores contra las impotentes víctimas, inevitablemente confrontados hasta el advenimiento de la revolución social.   Nos indigna cómo nos ven desde afuera, sobre todo ahora que nos consideran genocidas…pero no sabemos cómo se reescribió nuestra historia.

Contribuyeron a difundir esta politizada caricatura los llamados internacionalistas o “sandalistas”.  Centroamérica recibió a una oleada de jóvenes extranjeros, aventureros y socialistas, luego del triunfo de la revolución sandinista en julio de 1979.   Venían odiando el imperialismo yankee, armados con un lenguaje de “derechos humanos” y un sentido de culpabilidad.   Habían sido instruidos por ex hippies, opositores de la Guerra de Vietnam y protagonistas de los disturbios sociales de los años sesenta.  Luciendo distintivas sandalias Brickenstock, vinieron de Europa y Estados Unidos para ayudar a construir el paraíso comunista en Nicaragua y regar la revolución a los países vecinos.

Los internacionalistas comprendían algo que hoy se pretende nublar: venían a unas tierras donde los Estados Unidos y la Unión Soviética libraban su Guerra Fría.  Se insertaban en un conflicto internacional; por ello, debían conquistar la opinión pública en el primer mundo.   De allí que se dedicaran a redactar y traducir la literatura de los movimientos guerrilleros y del régimen sandinista, iniciar revistas y publicaciones bilingües, y producir películas y documentales.

Daban pláticas cuando retornaban a sus países de origen.  Muchos, como Lillian Hall, derivaban su credibilidad de sus logros académicos en prestigiosas universidades y de su experiencia práctica.  Mediante el movimiento del santuario, algunos internacionalistas se hacían acompañar de guerrilleros; se presentaban en los campus universitarios y en las iglesias bajo pseudónimo, y contaban historias sobre el terror que sembraban los militares y la promesa insurgente. Algunos, como Erik Flakoll, empuñaron las armas.  Recién llegado a Nicaragua en 1980, este cinta negra empezó a entrenar a las fuerzas especiales del ejército sandinista.  Fue guardaespaldas del comandante Tomás Borge.  Años más tarde, se arrepintió de haber reclutado a niños de 14 años y lamentó la corrupción dentro del régimen sandinista, pero en esos días la guerra lo justificaba todo. (http://www.guardian.co.uk/world/2008/feb/12/11)

Los internacionalistas trabajaron de la mano con organizaciones de cabildeo político, como por ejemplo  Red en Solidaridad con el pueblo de Guatemala (NISGUA), EE.UU. fuera de Centroamérica (USOCA)  y el Consejo de Paz de Estados Unidos.  Cultivaban activamente a políticos, reporteros y jóvenes, como constatan Allan C. Brownfield  y J. Michael Waller en The Revolution Lobby (1985).

¿Cuántas de estos activistas siguen añorando la revolución centroamericana? ¿Cuántos son ahora profesores, reporteros, diputados o influyentes figuras que aún difunden su sesgada y simplificada visión de nuestro país?

Publicado originalmente el 29 de mayo de 2013 en Siglo 21.

Ni bien había publicado este artículo, surgió un nuevo “internacionalista” entre revoltosos guatemaltecos.  No es un fenómeno del pasado.   Vea el artículo de Luis Figueroa al respecto, y mire esta foto que él adjunta a su publicación:

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