¿Panacea política?

El movimiento ambiental moderno arranca de una premisa básica:  la política es la solución.   El principal esfuerzo, según esta postura, se desarrolla en los pasillos del Congreso y los despachos ministeriales.  Si no suscribimos acuerdos internacionales y aprobamos numerosas leyes, las posibilidades de rescatar el ambiente son nulas.   Sigue a las leyes una educación ambiental desde temprana edad, para que los ciudadanos compremos la agenda política y modifiquemos comportamientos que degradan nuestro entorno.

 

¿Cuál es el origen de esta forma de pensar?  La fijación política está ausente del ensayo “Nature”, por Ralph Waldo Emerson, y de otros textos trascendentalistas.  Emerson y sus amigos exaltan la belleza natural y las ventajas para el ser humano de estar en comunión con la naturaleza.  Es una prosa profunda y espiritual.   En esta línea se inicia Rachel Carson, con su descripción científica de los mares y otros recursos naturales. Sin embargo, cuando publicó Silent Spring en 1962, abandonó la investigación imparcial, evidenciando su disgusto por los químicos y recomendando una acción política contra las fumigaciones con DDT.   Carson además recurre a metáforas dramáticas: asusta el prospecto de nunca más oír cantar a los pájaros envenenados por químicos agroindustriales.   El alarmismo conduce a la irreflexividad, pues cuando enfrentamos una situación de vida o muerte, no nos detenemos a pensar.   Es una herramienta poderosa para el movimiento…

 

Pero, ¿porqué privilegian la salida política? Primero, algunos autores eran empleados públicos y creían que desde su cargo podían impulsar antídotos.  Carson trabajó como guardabosque, y el inventor del Día de la Tierra, Gaylord Nelson,  fue senador.  Segundo, problemas aparentemente monumentales, como la contaminación ambiental, parecen requerir una reacción macro y el recurso a la coacción.   Sólo ejércitos de funcionarios y claras prohibiciones pueden implantar el control de la natalidad o limpiar el aire.  El biólogo Garrett Hardin es tajante:  la libertad para reproducirse es intolerable, y los liberales deben reconciliarse con la necesidad de una coerción mutua.

 

Tercero, consideran que el interés económico es la mayor fuente del deterioro ambiental.  Si los malos son los voraces capitalistas que quieren transformar cualquier espacio en un centro comercial, y los insaciables consumidores dejados a sus anchas, entonces los buenos son los reguladores que les ponen freno.  Gaylord Nelson escribió que “la promesa inmediata de empleos y la expectativa de grandes utilidades es casi siempre una combinación ganadora”.   Según el senador, los actores económicos no se percatan que si depredan hoy, agotarán los recursos del futuro.   Ya sea por esta ceguera, avaricia o dureza de corazón en nosotros, los ambientalistas involucran al Gobierno en calidad de árbitro, guía moral, padre, juez, planificador, policía y más.

 

Cabe preguntar a este movimiento político, ya cincuentón:  ¿Cómo han funcionado sus recomendaciones? ¿Es la política realmente la panacea?

 

Publicado el 20 de febrero de 2013 en Siglo 21

 

 

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