Le lanzo un reto

No es un defecto guatemalteco—es un error garrafal que se comete a diario en todos los países del mundo y cuesta billones de dólares a la humanidad.  Estamos tan acostumbrados a vivir con el error, que cuando finalmente lo detectamos, literalmente se nos caen las escamas de los ojos.

 

Solemos dar una respuesta automática, irreflexiva, a un sinfín de situaciones.  ¿Exceso de contaminación? ¿Insuficiente verdura orgánica?  ¿No alcanzan los empleos? ¿Debería la gente consumir o ahorrar más?  ¿O ser más deportista o más artista?  ¿O tener menos vicios molestos? ¿O hacer más investigación científica? ¿O ser ciudadanos más dóciles y comprometidos?  Cualquiera que sea el dilema, exclamamos: “¡Que el Gobierno lo resuelva!”    Esta reacción debería atarse siempre a la pregunta:  “¿Puede el Gobierno solventar el problema eficazmente?”  Cometemos el error garrafal al jamás plantearnos esta obvia interrogante.

 

Evidentemente, la convivencia entre seres humanos falibles suscita conflictos de interés e ineficiencias.   No se trata de pasar por alto lo malo o  idealizar la interacción social, asumiendo que es perfecta.  No obstante,  la medicina pudiera salir más dolorosa que la enfermedad.  Involucrar al Gobierno conlleva costos.  ¿Amerita el problema incurrir en estos costos? ¿Son menores que los beneficios esperados?  Si los costos exceden los beneficios, entonces la supuesta medicina es realmente un amargo veneno para todos, inclusive para quienes hacen gobierno, porque nos empobrece.

 

Tenga en cuenta que se deben llenar dos requisitos para que el Gobierno resuelva un problema con absoluta eficiencia.  Primero, quien toma la decisión debe poseer información completa, correcta y actualizada.  Por ejemplo, una comunidad de pescadores puede organizar su actividad de pesca de tal forma que no se agoten los peces, aprovechando el conocimiento de tiempo, circunstancia y lugar que cada quien posee en virtud de su experiencia personal.  Para diseñar una política estatal similar, un funcionario tendría que conocer todo lo que sabe cada pescador y abundantes datos adicionales.  Y muchas regulaciones pretenden anticipar complejos sucesos futuros, que por su propia naturaleza son inciertos.  Por especialistas que sean nuestros bienintencionados políticos electos y tecnócratas, difícilmente serán omniscientes.   

 

Segundo,  la ejecución del proyecto estatal debe ser impecable para garantizar la optimización de los recursos.   Ocurre lo opuesto cuando el plan se plantea equivocadamente, se presta a la corrupción o al despilfarro, o rinde resultados imprevistos no deseados.    La Prohibición de los años veinte pretendía reducir el consumo de alcohol en Estados Unidos pero provocó la producción y distribución clandestina de licor, y aumentó la violencia fortaleciendo al crimen organizado.

 

Le lanzo un reto.  Lea las noticias cuestionándose: “¿Puede el Gobierno…?”   Estoy segura que después de un rato, su mente distinguirá con mayor claridad qué responsabilidades sí competen al Gobierno, y qué podemos encarar con esquemas novedosos.

Publicado el 6 de febrero de 2013 en Siglo 21

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s