¿Era marxista Jesús?

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El surrealista juicio contra el General Ríos Montt, condenado de genocida, resucitó las irreconciliables diferencias ideológicas que provocaron el conflicto armado en Guatemala.  En la radio y los medios electrónicos se vierten enconadas opiniones cargadas de odio y sed de venganza.  Una cuestión a debate es:  ¿de qué lado están, o deberían estar, los cristianos?

En sus inicios, el Marxismo-leninismo fue enemigo de la religión.  Sin embargo, la teología de la liberación, popular en América Latina en los años sesenta y setenta, comportó una lectura marxista del cristianismo, sobre todo en su propuesta de solución a la problemática terrenal.  El sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez, conocido como el padre de la teología de la liberación, escribió en 1971 que la nueva sociedad socialista sería producto de una revolución, “un rompimiento radical con el estatus quo, una profunda transformación del sistema de propiedad privada…”.  De esa cuenta, algunos cristianos empuñaron las armas; los comandantes revolucionarios ateos los recibieron como a tontos útiles.   Repelidos por estas acciones extremas y por los mensajes politizados, otros fieles abandonaron la práctica religiosa.  El marxismo desgarró desde adentro a la Iglesia Católica y a otras iglesias cristianas, como a nuestra sociedad.

¡Es una aberración concebir a Jesús como marxista!  Y no sólo por el ateismo de la ortodoxia comunista, sino porque la libertad y la responsabilidad personal son cruciales en el pensamiento cristiano.  Cada uno cuenta: no somos desechables fichas en un tablero colectivista que nos anula como personas.  En Libertas (1888), precisamente para responder al secularismo y el socialismo de su época, el Papa León XIII hace una defensa de la libertad que debemos releer.  También esbozó poderosas defensas del trabajo contractual y de la propiedad privada.  S.S. Juan Pablo II reafirmó estos conceptos en Centesimus Annus.

Joseph Ratzinger, entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, hoy S.S. Benedicto XVI, enfrentó directamente la teología de liberación.  Él fue testigo de los horrores del holocausto, desencadenado por el Nacional Socialismo, y del totalitarismo marxista europeo.  Por ello, nos advirtió sobre los peligros que encierran “las desviaciones que corren el riesgo de torcer el impulso liberador hacia amargas decepciones…”.  En sus documentos de 1984 y 1986, Ratzinger fue claro: sí a una preocupación por una sociedad justa, pero no a la violencia, no a la lucha de clases, no a la participación de religiosos en política partidista, y sobre todo, no al marxismo.

Hoy vemos teologías de liberación indigenistas, feministas, ambientalistas y más, siempre basadas en el análisis de la lucha de clases.  Rechacemos estos y otros cantos de sirena, que prometen el cielo en la tierra pero que en la práctica nos polarizan y empobrecen.  La paz y la caridad emergen cuando se respeta la dignidad y la libertad de cada hijo de Dios. La libertad es el eje sobre el cual debemos reconstruir nuestra sociedad y nuestra vida religiosa.

Publicado el 15 de mayo de 2013 en Siglo 21.

 

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