Cada vida merece ser vivida

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El señor pintaba plácidamente con un marcador adherido a una vara sujeta a su gorra.  Su esfuerzo lucía tan natural que me tomó un rato darme cuenta que no podía usar sus brazos y manos.  Estaba concentrado; pintaba cuidadosamente el mar en una escena marina.   El mismo sistema servía a un joven para operar la computadora en el salón de cómputo.  Algunas pacientes con diversas discapacidades hacían collares, bordaban y elaboraban paneras. Un señor ciego nos explicó, orgulloso, que fabricaba bolsitas de flores secas del medicinal árbol de Esquisúchil, sembrado por el Santo Hermano Pedro de Betancur en el jardín del Calvario.  Estas actividades ocurrían en un patio del hospital y hogar de la Asociación Obras Sociales del Santo Hermano Pedro (OSSHP), en la Antigua.

Recorrimos las instalaciones, conociendo a adultos, jóvenes, ancianos y niños con necesidades especiales. También nos mostraron una sala cuna para bebés desnutridos y con labio leporino, una consulta externa, un laboratorio y un hospital de primer mundo.  Se respiraba limpieza, orden y  paz a pesar de que mucha gente iba y venía.  Una de las conserjes explicó que el equipo de trabajo ve en cada persona a Jesucristo.  Ella, junto con las enfermeras, los doctores, las monjas y los frailes, imprimen a este lugar un je ne sais quoi.

Poco después de esta impactante visita, leí una entrevista a Anne-Dauphine Julliand, autora del libro autobiográfico Llenaré tus días de vida.   Dos de sus hijas fueron diagnosticadas con leucodistrofia metacromática, una enfermedad degenerativa.   Los padres supieron del mal padecido por Thais justo el día de su segundo cumpleaños; Anne esperaba ya a su tercera hija, Azylis, quien nació pronto después, también enferma.  Al regresar a casa el fatídico día, el hijo mayor, Gaspar, entonces de 4 años, preguntó a sus padres si celebrarían el cumpleaños a Thais.  Le contaron la noticia, lloraron, y luego Gaspar exclamó: “¡Pero no está muerta! ¡Es un día importante en su vida!”  Narra Julliand que eso la hizo reaccionar.  El matrimonio hizo una promesa a Thais, y más tarde a Azylis:  “Vas a tener una vida bonita.  No será como la de las demás niñas, pero será una vida de la que podrás sentirte orgullosa.  Y en la que nunca te faltará amor.”   A su vez, sus hijas les han hecho el mayor regalo: los amaron incondicionalmente.

Conecté los puntos:  ¡El atractivo del OSSHP es el afecto que sienten unos por otros todos los que pueblan ese sitio!  ¡Incluso los seres abandonados encontraron allí cariño sincero!  Con sabiduría, Julliand enseña que la felicidad se elige. Podemos ser felices aún si la vida es dura. “El objetivo de la vida no es ser útil,” comenta la madre, “Cada vida merece la pena ser vivida”.

Esta Semana Santa nos confronta con la misericordia de Dios y nos invita a profundizar en esta filosofía de vida.  Amemos más a quienes nos rodean, a los no nacidos, a los abandonados, a los mayores… Como nos recordó Benedicto XVI: “Dios quiere que amemos, que seamos imagen y semejanza suya. Porque, como dice san Juan, Él es Amor.”

Publicado el 27 de marzo de 2013 en Siglo 21

Foto adaptada, tomada de: http://static.deia.com/images/2012/11/05/13313093_1.jpg

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