La carta racial

Comparto la opinión de José Alejandro Arevalo: el conflicto armado en Guatemala se produjo en medio de la Guerra Fría y fue ideológico y fraticida.  La ideología política dividió a familias, aldeas, pueblos, religiones y más. No obstante, en estos días algunos columnistas y líderes sociales pretenden retratar nuestro pasado como una lucha entre ladinos e indígenas, negando la activa participación de unos y otros en la insurgencia y la contrainsurgencia, así como costos para los no combatientes de toda ascendencia étnica.

Según esta versión de los hechos, los indígenas constituyen un colectivo damnificado por el colectivo ladino.  Escribe Rigoberta Menchú (Siglo 21, 17-IV-2013): “oficiales o altas autoridades de aquel ejército…principalmente, oper[aron] de manera implacable contra el pueblo indígena.”  Cualquiera de los encajonados dentro de la clase-opresora es condenado por todo lo malo que ha acaecido a la clase-víctima desde la conquista, aunque hayan nacido en otros tiempos. Y sólo las víctimas pueden enarbolar el lenguaje de los derechos humanos y la paz.

Los miembros del grupo no pueden divagar de la mentalidad colectiva que les corresponde. Por ejemplo, para Irmalicia Velásquez (elPeriodico, 22-IV-2013) es intolerable que exintegrantes de la guerrilla e intelectuales de izquierda adviertan que en Guatemala no hubo genocidio.  Ahora considera a quienes antes eran de su bando, como la “elite minoritaria que ha controlado, ostentado y disfrutado con exclusividad los privilegios históricos que les ha asignado la blancura…”  La perspectiva racista la lleva a concluir que cualquier logro cosechado por el “blanco” es un privilegio obtenido “a costa de la explotación o la destrucción de…pobres o cobrizos.”  La continuada lucha para reivindicar a la raza se justifica con banderas de justicia y equidad, pero dos feos motivadores detrás son la envidia y el resentimiento.

Anne Wortham, una socióloga Afroamericana que creció en el segregado sur de Estados Unidos, explica que la mentalidad colectivista o la despersonalización nubla el criterio moral.  Pese al sufrimiento que la segregación ocasionó a su familia, su ética le impedía a ella llenarse de odio revanchista y expoliar a cualquier blanco, o al colectivo “blanco”.  Al enfocar a la persona y no agregados abstractos, reparamos inmediatamente que la persona concreta enfrente de nosotros no nos ha hecho daño y merece respeto sin importar su color.  Además, dice Wortham, ella sabe que su vida es de inconmensurable valor por el hecho de ser persona, su vida no vale porque encarna la raza ni en la medida que ostente poder.

No se puede construir una mejor sociedad, una sociedad más próspera, a partir de continuados atropellos al prójimo, menos si se cometen por el color de la piel.   Nos urge sustituir el racismo envidioso con la ética de Wortham.  Una sociedad multiétnica y pluricultural puede florecer sobre un conjunto de reglas de gana-gana, de libertad personal y garantías a los derechos individuales. 

Publicado en Siglo 21 el 24 de abril, 2013

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