¿Guerra por poder o religión?

El líder supremo de Corea del Norte, Kim Jong-un, podría provocar una guerra nuclear.   La agresividad de Jong-un no es atribuible a su aislamiento del mundo occidental, pues se cree que estudió en Suiza desde los 8 años, o al menos los cuatro años correspondientes al bachillerato.  Es más probable que los problemas domésticos agobien al dictador, y que su relativa juventud sea mala consejera.  En cualquier caso, el tirano tiene al mundo entero aguantando la respiración, y cavilando sobre las causas y los efectos de las guerras.

 

La principal causa de la guerra es la religión, sentenció alguien en una reunión amistosa.  Yo hice un gesto contrariado pero no sabía si era verdad.  Un colega sacó a colación el concepto de Yihad, la guerra santa contra los no-musulmanes, y las cruzadas.  Finalmente, un amigo a quien todos respetamos enormemente, zanjó la discusión:  es cierto, por lo menos hoy día.  En el ambiente quedó la noción que los creyentes han sido más bélicos que los no creyentes.

 

Desde entonces he leído un poco sobre el tema.  Una fuente seria es la Enciclopedia de las Guerras por los historiadores Charles Phillips y Alan Axelrod.  Ellos dicen que se han librado 1,763 guerras en la historia de la humanidad, de las cuales 123, o tan solo 7%, han sido de naturaleza religiosa. Si a esta cifra restamos las 66 guerras libradas en nombre del Islam, el porcentaje de guerras provocadas por las demás religiones juntas no pasa de 3.23%.  Por otra parte, clasificar una guerra como religiosa es delicado por tres razones.  Primero, quienes inician pugnas pueden disfrazar su sed de poder, tierras, o bienes con banderas religiosas.  Segundo, se confunde cultura y religión, y a veces la fe puede ser menos contenciosa que las cuestiones culturales.  Tercero, atacar sitios sagrados es una estrategia que busca debilitar al enemigo, inyectando elementos religiosos a una guerra cuyo origen no fue religioso.

 

En Lethal Politics and Death by Government, Rudolph Rummel expone que dictadores no creyentes, como Satlin, Zedong, Hitler, Lenin y Tojo, han sido responsables de más de 170 millones de muertes trágicas.  Concluye Rummel que “nuestra especie ha sido devastada por una plaga negra moderna…una plaga de Poder, no gérmenes.” Steven Pinker, profesor de filosofía, está de acuerdo: “el ulterior arma de destrucción masiva es el estado.”  Sí se lucha por el poder político, y se ataca a otros una vez conquistado el poder.   La gran mayoría de individuos no tenemos suficiente poder para provocar una guerra.   Esta tesis se alinea con los datos históricos.  Además, retrata a Kim Yong-un, quien ostenta demasiado poder.

 

Dudo que ateos como Sam Harris dejen de acusar a la religión de ser “la fuente más prolífica de violencia”, aunque Jack David Eller, también ateo, les responda: “la religión no es inherentemente e irremediablemente violenta; ciertamente no es la esencia ni la fuente de toda violencia.”  Esta experiencia me enseñó que, en esta era de secularismo exacerbado, existen falsas condenas a la religión.  Las tenemos que corregir.

Publicado el Siglo 21 el 17 de abril de 2013

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