La etiqueta de genocidio

“Parece que el genocidio se ha convertido en la etiqueta que le clavas a tu peor enemigo, una perversa versión del Premio Nobel, parte de un arsenal retórico que te ayuda a vilificar a tus adversarios mientras aseguras la impunidad para tus aliados.”   Cuando leí la frase, casi me caigo de la silla:  ¡anillo al dedo para lo que sucede hoy en Guatemala! 

 

El autor de la frase es Mahmood Mamdami y se refiere al caso de Darfur. (“The Politics of Naming: Genocide, Civil War, Insurgency”)   Siendo un académico nacido en Uganda, de ascendencia hindú, Mamdami seguramente desconoce el “juicio del siglo” que se lleva contra el General Efraín Ríos Montt.

 

Tampoco debe saber Mamdami que la izquierda internacional, simpatizante de la guerrilla Marxista-Leninista, ha manejado el concepto de genocidio y terrorismo estatal por lo menos desde los años ochenta.  Autores como Susan Jonas (Guatemala, Tyranny on Trial, 1984) y organizaciones como North American Congress for Latin America (NACLA) tejieron un cuento de villanos y víctimas a su medida.  Los villanos son los ricos oligarcas, el desalmado ejército y el gobierno de Estados Unidos.  La víctima explotada es un granítico pueblo maya (no 23 etnias).   Esta sobre-simplificada óptica concibe a la insurgencia, no como una organización urbana y ladina, ni como una agrupación campesina u obrera, sino como un movimiento indígena, el cual finalmente adquirió “potencial revolucionario” en los años setenta. Escribe el ex funcionario de Human Rights Watch, Aryeh Neier, que “muchos países de América Latina experimentaron severas violaciones a los derechos humanos…pero el único país para el cual es apropiado usar la palabra genocidio…es Guatemala.”   Así, uno de los combatientes en la lucha por el poder político acusa al enemigo de genocida, y barre bajo la alfombra sus propios delitos.

 

Impresiona cuán difundida está dicha caricatura de nuestro pasado.  Para muestra un botón:  lo más revelador de la entrevista que le hace el periodista mexicano Jorge Ramos al Procurador de los Derechos Humanos, Jorge De León Duque, es el prejuicio que destila Ramos.  ¿Cómo pudieron los guatemaltecos finalmente domar a un genocida de la talla de Stalin, Hitler y Pol Pot?   A estas alturas, la “comunidad internacional” mira con suspicacia a quienes describimos una realidad más sucia y compleja: vivimos trágicos años de lucha fraticida en la cual compatriotas de diversas etnias, clases sociales y religiones, se polarizaron hacia dos polos ideológicos, mientras gente apolítica quedó atrapada en medio de ambos bandos.

 

Genocidio es lo que los turcos hicieron a más de un millón de armenios y los nazis hicieron a seis millones de judíos.   Vaciamos de contenido la palabra si empezamos a llamar así a todo conflicto armado.  Las guerras civiles son cruentas aunque su objeto sea el poder político; las ideas políticas también pueden provocar atrocidades.  Al maldiagnosticar nuestra historia y demonizar a sectores completos, ni servimos a la verdad, ni sanamos, ni nos encaminamos a un futuro más próspero para los guatemaltecos. 

Publicado en Siglo 21 el 3 de abril, 2013

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La carta racial

Comparto la opinión de José Alejandro Arevalo: el conflicto armado en Guatemala se produjo en medio de la Guerra Fría y fue ideológico y fraticida.  La ideología política dividió a familias, aldeas, pueblos, religiones y más. No obstante, en estos días algunos columnistas y líderes sociales pretenden retratar nuestro pasado como una lucha entre ladinos e indígenas, negando la activa participación de unos y otros en la insurgencia y la contrainsurgencia, así como costos para los no combatientes de toda ascendencia étnica.

Según esta versión de los hechos, los indígenas constituyen un colectivo damnificado por el colectivo ladino.  Escribe Rigoberta Menchú (Siglo 21, 17-IV-2013): “oficiales o altas autoridades de aquel ejército…principalmente, oper[aron] de manera implacable contra el pueblo indígena.”  Cualquiera de los encajonados dentro de la clase-opresora es condenado por todo lo malo que ha acaecido a la clase-víctima desde la conquista, aunque hayan nacido en otros tiempos. Y sólo las víctimas pueden enarbolar el lenguaje de los derechos humanos y la paz.

Los miembros del grupo no pueden divagar de la mentalidad colectiva que les corresponde. Por ejemplo, para Irmalicia Velásquez (elPeriodico, 22-IV-2013) es intolerable que exintegrantes de la guerrilla e intelectuales de izquierda adviertan que en Guatemala no hubo genocidio.  Ahora considera a quienes antes eran de su bando, como la “elite minoritaria que ha controlado, ostentado y disfrutado con exclusividad los privilegios históricos que les ha asignado la blancura…”  La perspectiva racista la lleva a concluir que cualquier logro cosechado por el “blanco” es un privilegio obtenido “a costa de la explotación o la destrucción de…pobres o cobrizos.”  La continuada lucha para reivindicar a la raza se justifica con banderas de justicia y equidad, pero dos feos motivadores detrás son la envidia y el resentimiento.

Anne Wortham, una socióloga Afroamericana que creció en el segregado sur de Estados Unidos, explica que la mentalidad colectivista o la despersonalización nubla el criterio moral.  Pese al sufrimiento que la segregación ocasionó a su familia, su ética le impedía a ella llenarse de odio revanchista y expoliar a cualquier blanco, o al colectivo “blanco”.  Al enfocar a la persona y no agregados abstractos, reparamos inmediatamente que la persona concreta enfrente de nosotros no nos ha hecho daño y merece respeto sin importar su color.  Además, dice Wortham, ella sabe que su vida es de inconmensurable valor por el hecho de ser persona, su vida no vale porque encarna la raza ni en la medida que ostente poder.

No se puede construir una mejor sociedad, una sociedad más próspera, a partir de continuados atropellos al prójimo, menos si se cometen por el color de la piel.   Nos urge sustituir el racismo envidioso con la ética de Wortham.  Una sociedad multiétnica y pluricultural puede florecer sobre un conjunto de reglas de gana-gana, de libertad personal y garantías a los derechos individuales. 

Publicado en Siglo 21 el 24 de abril, 2013

¿Guerra por poder o religión?

El líder supremo de Corea del Norte, Kim Jong-un, podría provocar una guerra nuclear.   La agresividad de Jong-un no es atribuible a su aislamiento del mundo occidental, pues se cree que estudió en Suiza desde los 8 años, o al menos los cuatro años correspondientes al bachillerato.  Es más probable que los problemas domésticos agobien al dictador, y que su relativa juventud sea mala consejera.  En cualquier caso, el tirano tiene al mundo entero aguantando la respiración, y cavilando sobre las causas y los efectos de las guerras.

 

La principal causa de la guerra es la religión, sentenció alguien en una reunión amistosa.  Yo hice un gesto contrariado pero no sabía si era verdad.  Un colega sacó a colación el concepto de Yihad, la guerra santa contra los no-musulmanes, y las cruzadas.  Finalmente, un amigo a quien todos respetamos enormemente, zanjó la discusión:  es cierto, por lo menos hoy día.  En el ambiente quedó la noción que los creyentes han sido más bélicos que los no creyentes.

 

Desde entonces he leído un poco sobre el tema.  Una fuente seria es la Enciclopedia de las Guerras por los historiadores Charles Phillips y Alan Axelrod.  Ellos dicen que se han librado 1,763 guerras en la historia de la humanidad, de las cuales 123, o tan solo 7%, han sido de naturaleza religiosa. Si a esta cifra restamos las 66 guerras libradas en nombre del Islam, el porcentaje de guerras provocadas por las demás religiones juntas no pasa de 3.23%.  Por otra parte, clasificar una guerra como religiosa es delicado por tres razones.  Primero, quienes inician pugnas pueden disfrazar su sed de poder, tierras, o bienes con banderas religiosas.  Segundo, se confunde cultura y religión, y a veces la fe puede ser menos contenciosa que las cuestiones culturales.  Tercero, atacar sitios sagrados es una estrategia que busca debilitar al enemigo, inyectando elementos religiosos a una guerra cuyo origen no fue religioso.

 

En Lethal Politics and Death by Government, Rudolph Rummel expone que dictadores no creyentes, como Satlin, Zedong, Hitler, Lenin y Tojo, han sido responsables de más de 170 millones de muertes trágicas.  Concluye Rummel que “nuestra especie ha sido devastada por una plaga negra moderna…una plaga de Poder, no gérmenes.” Steven Pinker, profesor de filosofía, está de acuerdo: “el ulterior arma de destrucción masiva es el estado.”  Sí se lucha por el poder político, y se ataca a otros una vez conquistado el poder.   La gran mayoría de individuos no tenemos suficiente poder para provocar una guerra.   Esta tesis se alinea con los datos históricos.  Además, retrata a Kim Yong-un, quien ostenta demasiado poder.

 

Dudo que ateos como Sam Harris dejen de acusar a la religión de ser “la fuente más prolífica de violencia”, aunque Jack David Eller, también ateo, les responda: “la religión no es inherentemente e irremediablemente violenta; ciertamente no es la esencia ni la fuente de toda violencia.”  Esta experiencia me enseñó que, en esta era de secularismo exacerbado, existen falsas condenas a la religión.  Las tenemos que corregir.

Publicado el Siglo 21 el 17 de abril de 2013